Invención de enfermedades

Jornadas Sexología y Salud (Sexual) AEPS. Madrid, noviembre 2011.(Ponencia próximamente publicada en el Anuario de la AEPS). versión en pdf

Ana García Mañas

El disease mongering o la “invención/tráfico de enfermedades” se define como la estrategia de ampliar los límites de las enfermedades con el fin de expandir los mercados de quienes venden tratamientos médicos (Moynihan y Henry, 2006). Una de las estrategias empleadas para conseguirlo consiste en de convencer a la gente sana de que está enferma.    Según Ray Moynihan y otros autores que están investigando sobre el tema, hemos llegado a un momento en el que no aparecen nuevas enfermedades y eso hace que la industria no tenga manera de aumentar sus ingresos, a no ser que aparezcan nuevos enfermos. Es la misma industria farmacéutica quien se está dedicando a revisar los difusos límites entre la salud y la enfermedad, entre un estado normal y un estado patológico. Esto coincide con un momento histórico en el que la salud se define  como algo más que la ausencia de enfermedad (OMS, 1948), lo cual ayuda a que  se haya empezado a medicalizar y a tratar no sólo las enfermedades sino también ciertas etapas o funciones que hasta ahora habían sido consideradas normales en la vida de los individuos. La solución que aparece para dar respuesta a esta nueva y artificialmente creada necesidad ha aparecido con las llamadas lifestyle drugs o medicinas para personas sanas.

Problematización de los caracteres sexuados

Entre los ejemplos clásicos de disease mongering encontramos, por ejemplo, el síndrome disfórico premenstrual, la menopausia, la calvicie, la timidez, las dificultades de erección o el llamado deseo “inhibido” o “hipoactivo”. Si nos acercamos a estos fenómenos desde una perspectiva sexológica, nos daremos cuenta de que muchas de las enfermedades con las que se trafica no son otra cosa que caracteres sexuados. ¿Por qué estos caracteres diferenciadores empiezan a molestar hasta el punto de convertirse en un problema? Estos procesos de problematización del proceso de sexuación suelen coincidir con la aparición de un fármaco que anula o promete solucionar nuestras diferencias.

Ante la imposibilidad de tratar en este artículo todos los caracteres sexuados que están siendo problematizados y por tanto tratados farmacológicamente, nos centraremos en  dos ejemplos concretos que todos conocemos por su implicación en la erótica y amatoria de los sujetos sexuados. Son la erección y el deseo/excitación o su ausencia. Nos centraremos en la estrategia de marketing y comercialización de Viagra y de medicamentos orientados hacia el aumento del deseo en mujeres como son Intrinsa o Flibanserin.

Cuando la erección se convierte en el objetivo

Viagra apareció en 1998 como un medicamento para unos pocos hombres: aquellos afectados por diabetes  con daño prostático que podían tener dificultades de erección. Desde entonces hasta ahora, Pfizer, la farmacéutica que lo comercializa, ha conseguido que sean muchos más hombres los que lo soliciten y lo consuman: hombres de casi cualquier edad, y también con casi cualquier grado de dificultades eréctiles, incluyendo las pérdidas de erección raras u ocasionales (Lexchin, 2006). Para alcanzar grandes objetivos de ventas, las grandes compañías farmacéuticas que buscan más beneficios no actúan solas: los medios de comunicación dan cobertura a las estrategias de venta, el personal sanitario propone y prescribe, y los grupos de usuarios presionan para que se encuentre (y en ocasiones se financie) una solución a lo que consideran que es su problema, y no una necesidad creada por motivos puramente económicos.

Si nos remontamos a los inicios de este medicamento, podemos ver cómo en una de las primeras campañas publicitaria de Viagra aparecía Bob Dole, un senador estadounidense maduro, anunciando el uso del fármaco. El uso de esta medicación fue ampliado a hombres jóvenes en los siguientes anuncios de la farmacéutica, la mayor parte relacionados con deportes competitivos, como Rafael Palmeiro, jugador de béisbol de 39 años. Hombres por tanto asociados al desempeño y a la competición, hombres que asociaban el encuentro erótico con la necesidad de logro y la idea de victoria y triunfo.

De esta forma, como las ganancias del fármaco, destinado a una población tan limitada, serían escasas, Pfizer buscó una población más amplia y se empezó a difundir la idea de que la mayoría de los hombres mayores de 40 años podían ser víctimas de la “disfunción eréctil”. Esta afirmación se basa en un estudio que hizo Pfizer extrapolando datos de un centro clínico de urología a la población normal (Feldman, 1994). De ahí se pasó a afirmar que cualquiera de los tipos y grados de dificultades de erección puedan ser tratados con Viagra, aunque se trate de algo que antes era considerado parte común de la vida de individuos sanos o como un proceso de simple envejecimiento al que había que adaptarse (Marshall, 2002, 2006). Esta estrategia es una pauta común que podemos observar en los procesos de invención y tráfico de enfermedades: siempre que se comercializa un fármaco, aparecerá previamente un estudio que justifique que hay muchas personas afectadas por el problema que el fármaco soluciona. Para ello, se difunden mediante diferentes medios publicitarios (televisión, prensa, internet, etc.) resultados de estudios que la población usuaria no suele leer. La industria necesita de la colaboración tanto de científicos como de publicistas para conseguir vender tanto el fármaco como el problema.

Volviendo a las campañas publicitarias, en general, los anuncios de estos fármacos están construidos como si las dificultades de erección fueran la causa de los problemas en la pareja, y por tanto todos los problemas (los de erección y los de pareja) parecen poder ser resueltos con una pastilla. Esta visión unidireccional y simplista no tiene en cuenta que muchas dificultades de erección tienen precisamente que ver con factores interaccionales en la pareja, y que por más recursos farmacológicos que se utilicen en el tratamiento, y por más erecciones que se consigan, los factores que generan insatisfacción van a quedar desatendidos. CITA Esta visión, además,  refuerza una idea que ya parecía obsoleta que es la del hombre siempre con ganas, siempre dispuesto, y nos vuelve a intentar vender un ideal de masculinidad que no solo no es real sino que para muchos hombres y sus parejas tampoco es deseable. Ahora el hombre puede seguir estando siempre dispuesto a todo y con cualquiera, no se cuestionará ni se estudiará el deseo o la excitación masculina, ya que simplemente es  el pene el que puede tener “problemas médicos”. La gran posibilidad que supuso el descubrimiento de Viagra y su acción vasodilatadora para ayudar a unos pocos hombres con dificultades orgánicas se ha convertido, gracias al ánimo de lucro de la compañía farmacéutica, en un mandato para todos los hombres de cualquier edad y condición: el deber estar siempre dispuestos, ya que el impacto de Viagra en el entramado social y cultural no es pequeño y se filtra en las vidas de los usuarios y no usuarios a través de chistes, imágenes, escenas en cualquier película o serie que se precie, anuncios etc. (Vares y Braun, 2006)

Dónde los fármacos no llegan

Al trabajar con pastillas, también dejamos fuera de la intervención algo muy importante, especialmente para nosotros como sexólogos, y es ¿qué opina el otro miembro de la pareja?  En parejas heterosexuales, mientras algunas mujeres parece estar conformes, otras pueden referir sentimientos inquietantes, como la sensación de que algo no va bien si su compañero necesita tomar fármacos para mantener relaciones eróticas, y puede estar favoreciendo otro tipo de obligaciones, como la de mantener encuentros con penetración porque “se puede” y no porque “se desea” en el momento en el que él ha tomado ya el fármaco. De esta forma Viagra, poniendo el foco en la erección, parece haber conseguido volver a colocar la penetración en parte central y obligatoria en todo encuentro erótico (Marshall, 2002)

Aunque la idea que se ha popularizado es que Viagra, al fin y al cabo, “funciona”, no todo son buenas noticias: si analizamos cautelosamente la expansión comercial del fármaco nos daremos cuenta de que lo que funcionaba para unos no soluciona las dificultades de todos, pues no todos los hombres que empiezan el tratamiento se encuentran satisfechos con los resultados. Existen estudios en los que se observa una discontinuidad de tratamiento alta: Souverein y sus colaboradores (2002) refieren datos de que aproximadamente la mitad (un 48%) de los hombres que empezaban un tratamiento con el fármaco no continuaban usándolo dos años más tarde.

Viagra puede estar generando más dificultades que las que fue diseñado para tratar, no solamente para las parejas sino también para los propios usuarios, que en consulta refieren enfrentarse a un mayor estrés de ejecución al tratar de dejar de tomar el fármaco: “¿Lo conseguiré por mis propios medios?” es la pregunta que puede revolotear en la mente de aquellos que interrumpen el tratamiento. Curioso efecto secundario que, irónicamente,  puede hacer por sí solo que la erección no se produzca.

¿Y para ellas?

El ejemplo por excelencia de disease mongering, de esta invención de enfermedades, dice Ray Moynihan en su libro Sex, Lies and Pharmaceuticals (2010) que es la conocida como “disfunción sexual femenina”, de la que tanto se ha hablado y en la que tanto dinero se ha invertido en investigar y diagnosticar. Ahora bien: ¿Qué es, en qué consiste esta disfunción? La disfunción sexual femenina parece depender de las soluciones que la propia industria farmacéutica baraja en un momento determinado. Así, cuando Pfizer estaba investigando con la aplicación de Viagra para mujeres, esta disfunción fue definida como una insuficiencia en el flujo sanguíneo genital, cuando la farmacéutica Procter & Gamble se encontraba a punto de comercializar el parche de testosterona Intrinsa, se definió como una deficiencia hormonal, y cuando el laboratorio Boehringer trabajó sobre neurotransmisores, la causa última de la llamada disfunción sexual femenina se atribuyó a un desequilibrio en la química cerebral. Ninguna de estas hipótesis se hizo al revés, es decir, que se trató en cada una de estas tres etapas de adaptar la definición de lo que quiera que fuera que les sucedía a las mujeres (si es que algo estaba sucediendo) a los resultados de la experimentación  que las propias compañías farmacéuticas llevaban a cabo en ese momento en relación a otros fármacos.

Según Leonore Tiefer (2008) no sería mala idea que la industria farmacéutica se dedicara a fabricar y vender afrodisiacos, pero eso no es negocio si nadie los compra. Han de ser medicamentos caros, y la única forma de que se apruebe la comercialización de un medicamento caro es que éste sea considerado la solución para una enfermedad: la construcción de la disfunción sexual femenina se ha convertido en un primer paso necesario para poder empezar a obtener beneficios.

Este supuesto trastorno, si bien ha estado más o menos recogido en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, (antes como “Disfunción sexual femenina” y a partir de los ochenta como diferentes desórdenes de la excitación, orgasmo, deseo, etc.), también es cierto que el DSM recibe muchas críticas, fundamentalmente dos: una debido a su afán patologizador y otra, que es la que nos interesa ahora, es debida a los vínculos de sus paneles de expertos con la industria farmacéutica. Hay estudios que han encontrado que en la definición de las llamadas disfunciones sexuales, el porcentaje de miembros del panel DSM vinculados económicamente a la industria farmacéutica era del 40% (Cosgrove, 2006, 2012).

Estos intentos de patologización la erótica de las mujeres no son nuevos, Ray Moynihan (2010) detecta intentos similares de patologizar la erótica femenina basándose en el concepto de “frigidez” en 1950 cuando apareció en el Journal of the American Medical Association un artículo (Kroger y Freed, 1950) en el que se definía como la incapacidad para llegar al orgasmo durante el coito, entendido coito como penetración vaginal, y concluía entonces que el 75% de las mujeres debían de ser frígidas o padecer este trastorno, ya que no tenían orgasmos de esta manera. Podemos ver como la definición del problema afecta directamente a la realidad y a cómo los individuos pueden hacerse una u otra idea de lo que les sucede.  La pregunta que merece la pena hacerse en estos casos es: ¿Puede el 75% de las mujeres padecer un trastorno? Si la mayoría de las mujeres, o muchas mujeres, o la mitad de las mujeres no llegan al orgasmo de esa manera, ¿no merece la pena plantearse que a lo mejor hay algo en cómo las propias mujeres alcanzan el orgasmo que es diferente pero no patológico? Ante una evidencia tan brutal, convendría revisar si estamos generando un problema donde sólo hay una diferencia sexuada.

Para empezar a investigar sobre un medicamento, como hemos visto antes, la industria va a necesitar apoyarse en datos: necesitarán justificar que van a gastarse dinero en un problema importante y que afecta a un gran número de individuos. Esto, unido a que es la propia industria la que favorece la creación de determinados  instrumentos de medida (Moynihan, 2010), va a producir efectos inquietantes. Por ejemplo, al profundizar en la famosa encuesta de Laumann que decía que el 43% de las mujeres padecían “disfunción sexual femenina” (Laumann, 1994), nos encontramos con una interpretación de los resultados muy particular, ya que se preguntaba a las mujeres  si habían tenido dificultades ocasionalmente, periódicamente o frecuentemente pero al proporcionar en los resultados el dato total se juntaban todas aquellas que habían tenido, según vemos, alguna dificultad alguna vez, sin importar ni siquiera si era algo que había sucedido en alguna ocasión o todos los días. Esos porcentajes difieren de los que encontraríamos si solo nos fijáramos en las personas que dicen tener dificultades frecuentemente, que no serían el 43% sino el 7%.

Cuando aparecen estas cifras con frecuencia estamos hablando de resultados de encuestas en las que no se tiene en cuenta la opinión de los sujetos sobre aquello que les sucede. Si una persona contesta que tiene ganas de acostarse con su pareja menos de dos veces a la semana, ese es el dato que se va a tener en cuenta y no si a esa persona le va perfectamente o si su relación se resentiría si la frecuencia propuesta fuera mayor. Por eso, en algunos estudios se ha encontrado que aunque un número alto de mujeres fueran diagnosticadas como disfuncionales, por ejemplo el 38% como sucedió en el estudio dirigido por Michael King en el Reino Unido (2007), solamente un 18% de esas mujeres pensó que eso le suponía algún tipo de problema, y si se les preguntaba además que si el problema generaba malestar en sus vidas, el resultado fue de 6%.

Lo que estamos viendo es cómo estas compañías farmacéuticas financian y a veces incluso modifican las investigaciones para adaptarlas a sus propios intereses, y eso contribuye a crear un problema que pueda ser abordado con los fármacos que ellos ya están fabricando. Estos estudios generan opinión pública y atraen la atención de medios de comunicación y de personas con dificultades, que serán los usuarios finales del medicamento y por tanto de la etiqueta de “disfuncionales”. Con los resultados exagerados y presentados de forma alarmante, parece casi un rescate lo que estas compañías ofrecen a la población.

De un lado tenemos a las compañías farmacéuticas, cuyos lazos llegan hasta el DSM y por tanto a los instrumentos de diagnóstico de los profesionales de la medicina y la psicología. Esta empresas tratarán de ampliar el límite de la definición de deseo hipoactivo hasta que encuentren alguna forma de vender sus productos. Hasta ahora se han fijado en la satisfacción, pero puede que modifiquen la forma de medir ya que no les está dando resultado. Por otro lado, una larga tradición de estudios sexológicos nos ofrecen explicaciones alternativas al fenómeno del deseo femenino.

Algunas propuestas no problematizadoras

Desde la publicación en 1970 de “La inadecuación sexual humana” de Masters y Johnson se viene hablando de la importancia de la relación. Las definiciones que se manejan hoy de deseo hipoactivo y de disfunciones femeninas están centradas en el individuo, pero el deseo es algo relacional, en interacción con el otro. Recientemente hay autoras que vienen clasificando el deseo en dos tipos o modos, “push” y “pull”: uno que empuja, sale desde el individuo y otro que es incitado desde fuera y que tira de nosotros. Si esto fuera cierto y el deseo de muchas mujeres se despierta de forma prioritariamente contextual como  respuesta a claves de la situación, nada podría hacer una pastilla. Autoras como Rosemary Basson, Lori Brotto, Ellen Laan y Leonore Tiefer están investigando en esta línea, que implica que existen diferencias en el modo de desear de los sexos, y que estos son dos modos diferentes que nosotros deberíamos considerar legítimos y cultivables en igual medida, y no tratar de promover uno, patologizando el otro. (Basson, 2000, 2002; Brotto, 2010; Laan, 2008, Tiefer, 2010)

Las propuestas que se vienen haciendo desde otras disciplinas para evitar estas situaciones son diversas. Puede resultar especialmente interesante favorecer mayor investigación académica sobre la evolución de las enfermedades, vigilar cómo cambian y se redefinen, cómo se afrontan en distintas culturas, países con distinta legislación, etc. También parece sensato que exista un mayor control en las vías actuales de decisión sobre cómo se decide qué es una enfermedad y qué no: por ejemplo, controlar los paneles de expertos para que estos sean de personas sin conflictos de intereses, así como que incluyan no solamente destacados investigadores sino también a grupos de ciudadanos/consumidores que no reciban financiación de la industria farmacéutica (Moynihan, 2006) Ambas propuestas son razonables.

No me gustaría terminar sin reflexionar sobre las posibles vías que desde la sexología tenemos para evitar esta invención o tráfico de enfermedades en un área de nuestro conocimiento tan importante como la erótica/ amatoria, pero que como hemos visto afecta a multitud de características sexuadas de los individuos. Desde la sexología podemos perfilar algunas propuestas, como pueden ser, por ejemplo, huir de la clasificación diagnóstica de las disciplinas de la salud con términos como “dificultades comunes” (Amezúa, 1999) en lugar de “disfunciones” o “trastornos”. Asimismo, parece sensato evitar etiquetar médicamente a las personas que carecen de trastornos, esto es, no diagnosticar fenómenos de la vida cotidiana y no actuar como si se tratara de enfermedades, sino hablar de malestares cotidianos, o dificultades que muchas personas pueden encontrar en determinados momentos de sus vidas. Es nuestro trabajo también proporcionar una alternativa a la patologización, demostrando la eficacia de otros métodos no farmacológicos como el asesoramiento/consulta sexológica o la educación de los sexos. Y por supuesto promover la diversidad, haciendo especial hincapié al trabajar con los medios de comunicación (académicos y no académicos) publicando investigaciones y artículos en los que las diferencias sexuadas sean consideradas un valor y no un síntoma.

Como hemos apuntado anteriormente, muchos de los fenómenos patologizados y vendidos como enfermedades y no como diferencias son fenómenos de sexuación. Las mujeres no envejecen igual que los hombres, ellas no se quedan calvas y los hombres no tienen la regla ni osteoporosis, pero que un determinado fenómeno afecte de forma mayoritaria a  uno de los dos sexos no es percibido como una diferencia legítima sino como algo que hay que eliminar. Todo lo que implique o evidencie que somos distintos es susceptible de intentar ser homogeneizado, pero como profesionales de la sexología no deberíamos dejar que las diferencias se conviertan en algo eliminable y que se promueva una visión ideal del ser humano asexuada, personas uniformes sin diferencias individuales ni de sexuación. Esta es nuestra disciplina y nosotros tenemos muchas cosas interesantes que decir y que aportar para que hombres y mujeres puedan vivir su proceso de sexuación, sus sexualidades y sus eróticas de la manera más satisfactoria posible.

Referencias

Amezúa (1999): “Teoría de los sexos. La letra pequeña de la sexología”. Revista Española de Sexología, 95-96.

Basson, R. (2000): “The Female Sexual Response: A Different Model” en Journal of Sex & Marital Therapy, Vol. 26, pp. 51–65.

Basson, R. (2002): “Women’s Sexual Desire—Disordered Or Misunderstood?” en Journal of Sex & Marital Therapy, Vol. 28, pp. 17–28.

Brotto, L. (2010): “The DSM Diagnostic Criteria for Hypoactive Sexual Desire Disorder in Women” en Archives of Sexual Behavior, Vol. 29, nº 2, pp. 221-239.

Campos, V., y Barrios, C. (2007): “Disease mongering” [monografía en Internet]. Consumers Internacional. Disponible en: http://es.consumersinternational.org/media/523251/carlos_barrios_2007_03_15.pdf

Cosgrove L., y Krimsky S (2012): “A Comparison of DSM-IV and DSM-5 Panel Members’ Financial Associations with Industry: A Pernicious Problem Persists” en PLoS Medicine nº 9 Vol. 3. doi:10.1371/journal.pmed.1001190

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Feldman, HA et al. (1994): “Impotence and its medical and psychological correlates: Results of the Massachusets Male Aging Study” en Journal of Urology, Vol. 151, pp. 54-61.

King, M., et al. (2007): “Women´s views of their sexual difficulties: Agreement and disagreement with clinical diagnoses” en Archives of Sexual Behavior, Vol. 36, pp. 281-288.

Kroger, W. y Freed, C. (1950): “Psychosomatic Aspects of Frigidity” en JAMA, Vol. 143, pp. 526-532.

Laan, E. y Both, S. (2008): “What Makes Women Experience Desire?” en Feminism and Psychology, Vol. 18, nº 4, pp. 505-514.

Laumann, E., et al. (1994): “The Social Organization of Sexuality: Sexual Practices in the United States”. University of Chicago Press, USA.

Lexchin, J. (2006): “Bigger and Better: How Pfizer Redefined Erectile Dysfunction” en PLOS Medicine, Vol. 3, nº 4, e132.

Masters, W. y Johnson, V. (1976): “La Respuesta Sexual Humana”. Editorial Intermédica, Buenos Aires. [Original publicado en 1970].

Marshall, B. (2002): “Hard Science: Gendered Constructions of Sexual Dysfunction in the Viagra Age”, en Sexualities, Vol. 5, pp. 131-158.

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Moynihan, R (2010): “Sex, Lies and Pharmaceuticals” Greystone Books, Australia.

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Tiefer, L. (2008) en “Pharmasutra: A Movie About Viagra For Women” Directores: Christopher Sumpton, Robin Benger, Marion Gruner. Cogent/Benger Productions Inc.

Vares, T. y Braun, V. (2006): “Spreading the Word, but What Word is That? Viagra and Male Sexuality in Popular Culture” en Sexualities, Vol. 9, nº 3, pp. 315-332.

WHO (1948): Official Records of the World Health Organization, Nº 2, p. 100

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