Los hombres que pretendieron dejar de serlo… y no murieron en el intento

Raúl Marcos Estrada*.

Eduardo Urzelai Quintana*.

(Artículo publicado en el BIS nº 71, abril-junio 2012)

Fue hace ya varios años, en el 2007, cuando comenzamos a plantearnos la necesidad de crear unos talleres en los que hablar, reflexionar, compartir, discutir y trabajar la masculinidad. Por aquel entonces ya estábamos inundados por los aires de la igualdad. La mayor parte de las cosas que se estaban haciendo iban en esa dirección. Hacía tiempo habían aparecido los primeros grupos de hombres. Grupos cuyo objetivo era criticar el modelo masculino impe­rante con la pretensión de crear un modelo más en sintonía con la preten­dida igualdad de los sexos.

Nuestro punto de partida fue radical­mente distinto. En primer lugar, por­que no creemos en la igualdad sexual; y en segundo lugar porque aunque pensábamos que había que cambiar la manera de ser hombre, no se podía construir una nueva identidad mas­culina despojando al hombre de su condición, olvidando lo que tenía de diferente y, hasta cierto punto, femi­nizando su manera de ser, automáti­camente, sin pararse un momento. El contexto de la educación sexual (o sea de los sexos) en grupos entre hombres, tal y como ellas lo habían hecho, nos parecía un posible escenario, incluso para cuestionar si fuese necesario nuestro punto de partida.

No hay que olvidar que este cambio en la manera de ser hombre no surge de una necesidad que los hombres vié­ramos como nuestra. Fueron más bien ellas las que comenzaron a reflexionar, debatir y criticar el modelo masculino imperante, sentido en sus propias pie­les. Fueron ellas las que de un modo u otro nos hicieron ver que las cosas no podían ser como eran. Cansadas de un modelo masculino hegemónico que las relegaba a un segundo puesto, injusto por otro lado. Comenzaron (antes de ayer como quien dice, siglos xix-xx…) a reflexionar y organi­zarse, sobre lo que suponía ser mujer. Inmersas en este proceso percibieron al hombre como al gran enemigo al que había que vencer y no les faltaba razón, ese salto del no existir a validar su presencia y existencia, no fue senci­llo ni baladí.

Si bien el feminismo nace como movi­miento de liberación femenino y la igualdad como un objetivo que había que conquistar, creemos que con la pretendida igualdad se equivocaron conceptos, o por lo menos ponemos en duda el proceso (no tanto en el ori­gen, pero si en el objetivo). Creemos que nadie puede negar que hombres y mujeres (en lo universal) somos igua­les en muchas cosas: en derechos, en obligaciones, en oportunidades, en deberes y en lo esencial de las pieles o en los sentidos … pero no lo somos en muchos otros aspectos. La negación de todo esto supone la negación de la esencia misma de la sexuación, o sea el propio ser, es decir hombre y/o mujer, con sus diferentes maneras de ser.

No podemos olvidar que cuando las mujeres estaban inmersas en este debate, no todas las voces iban en esa dirección. A pesar de que hasta nues­tros días el feminismo nos ha llegado como un movimiento que buscaba la igualdad entre hombres y muje­res, hubo otras corrientes que apela­ban precisamente por la diferencia. Los feminismos de la igualdad y los feminismos de la diferencia se vieron inmersos en una profunda lucha que pudo tal vez finalizar con el predomi­nio de la igualdad y el subsiguiente avance de las teorías del género: «Hombres y mujeres son iguales; es la educación la que se encarga de hacer­nos distintos».

El género se nos presentó como la con­quista de la igualdad, no sólo podía­mos ser iguales sino que debíamos intentar serlo, olvidando la esencia misma de nuestra especie, el sexo.

En ese mismo momento, y como consecuencia de ello, el termino sexo comienza a perder su significado, volviendo a ser «tabú» es decir a no «ser tocado-tratado». Comienza a ser «lo que se hace» y no «lo que se es». Un concepto que tiene que ver con la identidad, empieza a genitalizarse y a convertirse en conductas, acciones. En este error conceptual creemos que hemos salido perdiendo todos.

Bajo las teorías del género el termino «hombre» pasa del «genérico-univer­sal» al «singular», pero a un singular que está estigmatizado, problemati­zado, algo que hay que cambiar. Los hombres deben dejar de serlo y el género nos garantiza que este cambio es posible. Ni qué decir tiene que es necesario un replanteamiento his­tórico en cuanto a conceptos como patriarcado, poder, toma de decisio­nes… lo público y lo privado. Es en este momento cuando a los hombres se nos dice que debemos cambiar y de ahí parten multitud de movimientos que van en esa dirección. Por supuesto que los hombres debían cambiar, por supuesto que es insostenible un modelo masculino que aprisiona a la mujer y constriñe al hombre en un concepto rígido de masculinidad y por supuesto que merecía la pena hacer un esfuerzo para que se produjera un acercamiento, conocimiento y posible entendimiento más igualitario entre los sexos. Pero a este entendimiento no se llega negando las diferencias, sino partiendo precisamente de ellas, de las diferencias per se.

Había un anuncio de Coca-Cola que se emitía a finales de los 90 en el que unos padres con un hijo y una hija los educaban sin tener en cuenta, o más bien evitando, las diferencias sexua­les. Estaba de moda. Las teorías del género estaban calando. En el anun­cio, la madre visitaba las habitacio­nes de los dos hermanos. La niña no recordamos bien qué era lo que hacía en su habitación y el niño jugaba con muñecas en la suya. Todo en armonía. Sin embargo, cuando la madre aban­donaba la habitación del niño y éste sabía que estaba solo, arrancaba la cabeza de una de sus muñecas y con fuerza chutaba a gol a una portería imaginaria, encajando el improvi­sado balón entre los barrotes de una calefacción. Los publicistas lo tenían claro, hay cosas que no se pueden cambiar. Sin embargo, pretendemos hacerlo.

Y es en este contexto en el que sur­gen los primeros grupos de hombres. Grupos que, de manera acertada, cuestionan el modelo de masculini­dad vigente pero que confunden, en nuestra opinión, el objetivo, el fin. En la década de los 90 aparece un nuevo modelo de hombre, que nosotros hemos llamado «el hombre sensible». Un nuevo modelo que intenta recoger las demandas femeninas. Un hombre nuevo que reivindica la paternidad y que comienza a tener un papel más activo en la educación de los hijos, que se esfuerza por un nuevo reparto en las tareas domésticas, más cercano, empático y con mayor capacidad de escucha. Hasta aquí todo va bien. Las mujeres valoran el cambio que hacen algunos de estos hombres. Encuen­tran mejores compañeros con los que construyen relaciones más equitativas (o así lo pretenden…). Sin embargo, hay algo que falla. Algunos de estos hombres se sienten como el niño del anuncio, encorsetados en un modelo de masculinidad que no les permite ser como son y además para muchas de ellas que pedían este tipo de hombres, ahora perciben que les falta algo.

Y es que este nuevo hombre se cons­truye precisamente tratando de des­teñir su parte azul, desvirilizándole, y dándole un tinte más manifiesta­mente rosa.

¿Los hombres pueden dejar de ser lo que son?, ¿es lo que realmente quie­ren ellas, y nosotros?, ¿hay motivos para «tirar la toalla» y abandonar en el intento?, ¿qué somos y hacia dónde vamos? ¿Hay que pedir permiso y dis­culpas por decir que somos hombres?

Inmersos en el pretendido cambio, son muchas las mujeres que comien­zan a demandar cosas contradictorias con el nuevo modelo masculino, nece­sitan otra cosa. Las mujeres empie­zan a ser dueñas de su placer, ya no esperan complacientes y se confor­man con una erótica de microondas, rápida y sin imaginación. Ahora demandan, exigen y comparan. Y es en ese momento cuando el hombre se pierde por completo. Acostumbrado a una mujer pasiva, que no sabe lo que quiere, en la que ellos son los expertos y ellas eternas adolescentes eróticas, no encuentran su papel en estos nuevos encuentros eróticos con nuevas reglas. Comienzan a sentirse presionados y los hombres no funcio­nan con presión y menos en la erótica. No funciona el nuevo «hombre sen­sible», ni tampoco el hombre ante­rior. ¿Estamos asistiendo al fin de la falocracia? Y es que es precisamente el pene el que comienza a resentirse. Los hombres pierden el control de sus miembros y se sienten desarmados, pequeños e incapaces de hacer frente a una mujer cada vez más poderosa. El hombre entiende la erótica desde el binomio activo-pasivo y en estas nuevas reglas del juego la pasividad no está clara y los hombres pierden el referente. Esta erótica activa-pasiva nos mete en una gran trampa, en la que definitivamente, hemos perdido. Ahora las reglas son otras y hay que revisar conceptos. Pero de todo esto hablaremos un poco más adelante.

En el ámbito de la terapia (espacio íntimo donde los haya y quizá feme­nino) nos encontramos con estos hom­bres que no entienden lo que se espera de ellos, que se esfuerzan por mejorar, que en muchos casos han aprendido a renunciar a su masculinidad para agradar a sus mujeres y que además han perdido el arma en el que residía su masculinidad. Las consultas se lle­nan de «impotentes», eyaculadores y de hombres que se sienten pequeños.

Es precisamente en este contexto en el que nos planteamos la realización de unos talleres que sirvan como parada, reflexión y toma de contacto con los distintos modos de ser hombre. Talle­res que sirvan para devolver el valor a la identidad masculina, que posibiliten la creación de una nueva identidad des­vinculada del falo, en los que sea posi­ble la construcción de una erótica que no dependa tanto del funcionamiento genital. Un espacio en el que todos estos hombres desvalidos adquieran nuevas herramientas y nuevas destrezas para poder convivir con una mujer que les come terreno, que perciben como una amenaza y sobre todo para que dejen de pedir perdón por ser lo que son. Hombres distintos, sí, pero hom­bres al fin de al cabo, con todo lo que ello conlleva, que no es fácil.

Teniendo todo esto en cuenta, en estos talleres no podíamos centramos sólo en los modos de ser dentro de lo social. Había que habilitar un espacio para la erótica, en cuanto a los «para qués» del deseo y sus diferentes lími­tes. Un espacio para encontrar estas nuevas herramientas que aplicar en el terreno de lo íntimo, y para ello veía­mos imprescindible salir del «locus genital» y meternos de lleno en anali­zar las dificultades que tienen muchos hombres a la hora de «sensar», es decir, a la hora de ser conscientes de las sensaciones que nuestro cuerpo tiene. Y decimos nuestro cuerpo, porque en muchos casos no somos conscientes de que las tenemos.

Los hombres «pensamos» nuestras sensa­ciones pero quizá no siempre las escuchemos o nos paremos a disfrutarlas. El hombre, en general, piensa que disfruta, piensa que está excitado pero no siempre baja de su cerebro a su cuerpo. En cierto modo racionaliza una experiencia que debiera ser sensitiva. Pero además únicamente identifica como eróticas aquellas sensaciones que provienen de la zona genital, relegando el resto al olvido sensitivo. ¿Por qué nos es tan difícil conectar con las sensaciones cuando éstas no provienen exclusiva­mente de nuestros genitales?

Quizá la respuesta tenga que ver con el aprendizaje autoerótico, o bien nuestra configuración cerebral con menos conexiones inter-hemisféricas. La experiencia nos indica que nuestro modo propio y particular de comenzar a tener contacto con nuestro cuerpo es totalmente fraccionado. La mas­turbación adolescente es una carrera hacia el orgasmo, en la que lo que menos importa es el camino y en la que sólo tiene sentido el llegar a la meta, cuanto antes mejor. Durante la adolescencia es frecuente que grupos de chicos compartan momentos de masturbación colectiva y que incluso hagan competiciones para ver quién eyacula primero. Esta manera compe­titiva de masturbarnos (compartida o individual) tiene poco que ver con una experiencia sensitiva. Lo único que se persigue es llegar al orgasmo, lo que se haga para tenerlo no está en función del placer o del deseo sino de acele­rar el proceso. ¿Debiéramos intentar re-educarnos sensitivamente?, ¿es posible o por el contrario estemos pre­tendiendo de nuevo cambiar la esencia de lo masculino?

Antes hablábamos de un nuevo modelo de hombre, el sensible, sin embargo no fue el único que apareció. Quizá al amparo de las reivindicacio­nes feministas, hubo un colectivo que también comenzó a reivindicar sus derechos. Nos referimos al colectivo homosexual y dentro de este colectivo nos centraremos en los hombres. Los hombres homosexuales comienzan a luchar por sus derechos sociales y comienzan a conquistar su lugar como hombres. Hasta ese momento la homosexualidad masculina era entendida como algo femenino, no se les consideraba hombres. Sin embargo esta situación comienza a cambiar y entra en escena el hombre gay. Un nuevo hombre con una nueva manera de ser, con una nueva virilidad que se aleja de los estereotipos que lo ridicu­lizan. Podría parecer que este nuevo modelo masculino está exento de pro­blemas, ya que no percibe a la mujer como amenazante, ni está interesado en el intercambio erótico con ella. Sin embargo esto no es así. Ha llegado el momento de analizar ese binomio que antes mencionábamos: el binomio activo-pasivo.

Históricamente, lo activo siempre ha sido masculino y lo pasivo femenino. ¿Pero hay pasividad en cualquier tipo de conducta erótica? A nuestro modo de ver toda la amatoria es activa, inde­pendientemente del lugar que ocupe cada uno. Es curioso pero a medida que los gays van recuperando su lugar como hombres, van perdiendo la penetrabilidad de sus cuerpos. Entre el colectivo de hombres homosexuales lo activo-pasivo puede llegar a estar muy problematizado y un encuentro erótico puede llegar a convertirse en una «pelea de gallos». De nuevo la masculinidad vuelve a estar proble­matizada por ser mal entendida. Cada vez es más frecuente encontrar en un espacio de terapia parejas formadas por hombres en las que la penetración es un problema. Esto también sucede en las parejas heterosexuales, sin embargo, el vaginismo nunca tiene que ver con una cuestión identitaria. Cuando esto sucede entre hombres, la penetración se vive como una pérdida de virilidad.

El «anismo» es una dificultad que golpea la identidad como hombre del que lo sufre y las claves de solución de estas dificultades eróticas nada tienen que ver con las que se utilizan para solucionar los problemas de vagi­nismo. En ambas hay una dificultad para ser penetrado o penetrada, pero las causas son completamente distin­tas. Una gran cantidad de hombres, tanto heterosexuales como homo­sexuales entienden que sus cuerpos no son penetrables porque eso les pondría en una posición femenina que no están dispuestos a adoptar. Y llegados a este punto nos pregunta­mos, ¿en qué reside la masculinidad? Relacionar todo esto con la identidad o con distintos modos de ser hombre, en el que uno sale perdiendo frente al otro, es un error del que debiéra­mos salir cuanto antes. Debiéramos ser conscientes de cuáles son nuestras zonas o sentidos vetados en cuanto a lo erótico y saber a qué responde este veto, si tiene que ver con nuestros deseos, o por el contrario responde a restricciones que provienen de lo que se considera masculino o no. ¿Por qué tantos hombres tienen tan claro que hay formas de erotismo que feminizan al hombre? ¿Por qué el fantasma de la homosexualidad sobrevuela nuestras cabezas ante determinadas prácticas eróticas llevadas a cabo en una rela­ción heterosexual?

Con todo esto, creemos que ser hombre nunca fue tan complicado. Revisar sobre qué construimos nues­tra masculinidad parece urgente si queremos salir de este lío en el que estamos. Son muchos los interrogan­tes que en este artículo quedan sin responder y nuestra intención no es dar respuestas, sino simplemente plantear preguntas. Sabemos que aún queda mucho camino por recorrer y lo importante no es tanto llegar a la meta, sino interesarse, conocerse y ante todo, disfrutar de este apasio­nante viaje al centro mismo de lo que supone ser hombre.

Estas son algunas de las conclusiones a las que llegamos tras la realización de estos talleres, pero no son las únicas y hemos tenido que hacer una selección. Para todas las demás habrá que espe­rar a una segunda parte.

*Raúl Marcos Estrada. rme@emaize.com

Eduardo Urzelai Quintana. euq@emaize.com

Sexólogos de EMAIZE Centro Sexológico – Sexologia Zentroa

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