Ciencia sexológica y Cultura”

(Ponencia de las Jornadas “Sexología y Cultura en el S.XXI”. Donostia 2016)

*Manuel Lanas Lecuona

El título de la presente conferencia se debe a los organizadores de estas jornadas. Es un honor para mí aceptarlo como tal, sin modificación alguna por mi parte. Simplemente me voy a servir de él para hacer partícipes a mis oyentes de una reflexión coherente con la implicación conceptual entre dos términos: Sexología y Cultura.

Sexología es el “Estudio de la sexualidad y de las cuestiones a ella referidas”. Sexólogo es el “Especialista en sexología.” Tales son las únicas acepciones que el Diccionario de la lengua española dedica a nuestra disciplina y a la profesión que la sustenta. Ambas acepciones son llamativamente escuetas y resultan, al cabo, en extremo pragmáticas.

 

Efectivamente, lo pragmático para la sexología comprensiva (es decir, no estrictamente clínica) es que sus profesionales se reconozcan como tales en el estudio científico de un objeto específico, que en este caso se trata de la sexualidad, en aquellas condiciones en que los interlocutores de los profesionales la expresan.

 

Con todo, más allá de la sexología comprensiva, es improbable que se vaya a suscitar un amplio acuerdo con esta propuesta académica. Los clínicos de cualquier disciplina, que se aplican en la modificación de ciertas funciones o conductas indeseables, no defienden la centralidad de la sexualidad ni en su teoría ni en sus prácticas profesionales.

 

Cabe pensar que la aportación de nuevas reflexiones sobre la ciencia sexológica podría estimular el esfuerzo creativo de nuestros investigadores, o quizá regenerar expectativas condenadas al naufragio. Así al menos lo pienso yo y, consecuentemente, voy a lanzar al respecto una propuesta concreta.

 

La sexología es una ciencia. No voy a insistir en ello. Actualmente sigue siendo posible investigar el hecho sexológico como resultado de iniciativas profesionales integradas en una disciplina, la sexología. El hecho sexológico es históricamente determinable y goza de una sólida implantación en todo el mundo.

 

El sexólogo dispone de un objeto específico de estudio, de herramientas para abordar las dificultades que le afectan y de objetivos alcanzables gracias a ellas. Pero más allá de la praxis, los profesionales siguen sosteniendo un marco reflexivo de cosecha propia cuya calidad como herramienta científica convendría someter a revisión.

 

Es preciso reconvertir este marco doméstico en un modelo de uso transdisciplinar con el que se pueda explicar la sexualidad humana. Un modelo que registre datos pertinentes de la sexuación, la sexualidad y la erótica de cada sujeto, en su contextualización social y cultural, en función del tiempo y del espacio.     

 

Reflexionar acerca de un modelo teórico supone también buscar la sintonía con otros modelos de ordenamientos similares. Lo que se busca con ello es la multilateralidad en la confirmación de las teorías científicas que se sirven de estos modelos. La sexología disfruta de un generoso vecindario para contrastar y verificar las suyas.

 

La sexología se inspira y sostiene conceptualmente mediante un pensamiento filosófico. No podría ser de otra manera. El pensamiento materialista es, sin duda, el más incisivo a la hora de evaluar la condición científica de cualquier disciplina. Mi intención básica en esta exposición es precisamente contribuir al endurecimiento de la nuestra.

 

La sexología estudia la vida sexual de las especies en sus condiciones de posibilidad, de conflictividad y de adecuación a su ecosistema. En este sentido, puede ser representada como un marco conceptual participado por un espectro de disciplinas científicas, cuyos límites, los teóricos y profesionales trasgreden necesariamente.

 

Sin duda, hemos de tener en cuenta la condición evolutiva de nuestra especie, y también la de las demás especies no humanas. Esta perspectiva evolutiva es inherente a la acción investigadora que afecta a la vida sexual humana. El estudio del desarrollo personal en su diferenciación sexual lo es a la praxis terapéutica de los sexólogos.

 

Hecho sexual

 

Una apreciación filosófica básica para la mejora conceptual del hecho sexual humano planteado por Amezúa (1979): “ (…) el espacio no existiría si no hubiera cosas, y no habría tiempo si nada cambiase (…) el espaciotiempo es la estructura básica de la totalidad de las cosas cambiantes.” (Bunge, 2014: 236-237.

 

Nunca fuimos del todo claros. Construimos nuestro currículo repitiendo incesantemente que lo que la sexología estudiaba era el hecho sexual humano. Yo no consideraba tal hecho como objeto real de nuestra praxis sexológica. Y tampoco acepté que un hecho de tal complejidad pudiera ser el objeto específico de una disciplina científica.

 

Asignábamos al hecho sexual humano tres registros. Ahora se contemplan algunos más. Los tres primeros se citaban y ordenaban con sus nombres: sexuación, sexualidad y erótica. No pude acceder al parto de los tres primeros, que me parecen imprescindibles. Pero rechazo la consideración de los siguientes como tales registros.

 

Gracias a los tres primeros registros citados, el hecho sexual humano se constituyó en propuesta para la articulación de conceptos relativos a la vida sexual. Yo lo consideré como un marco para la articulación epistemológica de la sexología. Nuestra disciplina podría sostener, gracias a él y a sus conceptos, su propio lenguaje.

 

El hecho sexual humano puede ser considerado, no sin reservas, como un modelo. Lo es en cierta medida. Lo puede ser, incluso, al margen de las pretensiones de sus principales promotores. Se trata de una representación sometida a revisión y susceptible al cambio, que obedece a una incierta tarea de modelización.

 

Como modelo, pues, facilita la “mediación” entre un vasto espacio teórico y un ámbito disciplinar que ambiciona una especificidad. Concuerda, pues, con lo que se predica de cierta modelización actual, la cual “requiere la confluencia de varias ciencias y exige un enfoque multidisciplinar de los problemas” (H. Sinaceur, 2010: 772-775).

 

La sexuación, la sexualidad y la erótica, nuestros tres inolvidables registros, gozan de un parentesco extenso que no siempre nos gusta recordar ni agradecer. Rememoramos con ellos registros bio-psico-sociales que emergen de otras disciplinas, próximas, o no tanto, a la nuestra como las ciencias sociales.

 

Yo he disfrutado de ese parentesco epistemológico, y he pretendido contribuir con él al enriquecimiento conceptual de nuestro tríptico. La sexuación, la sexualidad y la erótica representan entonces tres sucesiones paralelas de acontecimientos que se registran en al desarrollo vital de la persona, entendidos en clave sexual y sexológica.

 

Desde esta perspectiva, se maneja la hipótesis de una diacronía de acontecimientos en la vida del sujeto, que se refleja en cada uno de los elementos constitutivos de ese triple registro. Todo suceso mental o sexual tiene correlato biológico. Todo suceso conductual o erótico tiene correlato experiencial o mental o sexual, y biológico.

 

Además, para la explicación del hecho sexual humano hay que contar, necesariamente, con una lectura sincrónica de los tres registros efectuados al acontecimiento en cuestión del sujeto. Una lectura que tendría que hacerse extensiva a un adecuado escrutinio del contexto sociocultural que le concierne a ese mismo sujeto.

 

Y así he venido celebrando mi apuesta por un paralelismo metodológico, sustentado en la sexuación, como sustrato biológico procesual del organismo, gracias al cual emerge la experiencia sexualmente significativa del sujeto, y se sustancia, concomitantemente, la expresión erótica del mismo.

 

Este paralelismo no es ontológico porque no cuestiona ni la unidad, ni la unicidad, ni la consideración como totalidad de cada persona. Se trata más bien de un paralelismo de índole utilitaria, instrumental, que servirá, precisamente, para vehicular una explicación objetivable y contrastada de cualquier expresión íntima inaceptable.

 

A estas alturas nadie podrá negar la sintonía que pretendo establecer entre esta reflexión actualizadora de nuestro modelo y la hipótesis de un enfoque psicobiológico, que se ha suscrito desde una posición filosófica concreta: el monismo materialista, una de cuyas figuras más representativas y próximas es Mario Bunge.

 

Los científicos, y quienes hemos adoptado una posición profesional marcada por lo que se entiende es una actitud científica, manejamos premisas que se refieren a la materia y, en consecuencia, para nosotros toda atribución psíquica o mental o experiencial o sexual ha de ser remitida, cuando convenga explicarla, al sistema nervioso central.

 

Sexuación

 

Un principio de nuestro discurso lo tenemos que emparentar con “el principio básico de la unidad somatopsíquica”, tal y como lo contemplaban Money y Ehrhardt en una obra de referencia para la sexología: Desarrollo de la sexualidad humana (Diferenciación y dimorfismo de la identidad de género, 1982: 9).

 

La sexuación es el campo conceptual que corresponde al estudio de la estructuración y el funcionamiento de la realidad sexual del organismo humano, desde las perspectivas filogenética y ontogenética. Y para esta realidad procesual, los denominados “elementos sexuantes” han de ser susceptibles de objetivación.

 

El de sexuación es un concepto con el que se puede sustentar y hacer explícito lo que se entiende es un enfoque monista-materialista para la sexología. Un enfoque que reduce la psique a un “conjunto de sucesos o procesos cerebrales”. Un enfoque coherente con la comprensión unitaria y totalizadora del ser humano que la sexología sostiene.

 

El monismo materialista reformula el problema mente-cuerpo indicando que consiste en “interacciones entre distintas partes del sistema nervioso, y entre ellas y el resto del cuerpo.” (Bunge, 1985: 140.) Así pues, para el monismo, el citado problema ya habría dejado de ser un problema entre lo mental y lo físico.

 

Es así como cobrarían sentido las sucesiones paralelas de acontecimientos, ya que todos ellos serían sucesos biológicos. Y es también así, gracias a esta hipótesis monista como mejor se puede hablar acerca de unas interacciones que, ahora, se refieren a las acciones recíprocas entre distintas partes del cuerpo (v. Bunge: 1985).

 

Lógicamente, el problema mente-cuerpo ha sido merecedor de otro nombre: problema sistema nervioso central-resto del cuerpo. Este cambio es coherente con la descripción de los hechos que efectúan la psicología fisiológica o, también, la sexología fisiológica, precisamente cuando ya las dicotomías dejaron de ser ciertas para nosotros.

 

El monismo psicofísico se sustancia en programas de investigación psicofisiológica, y podría hacerlo, igualmente, en los específicos de una sexología fisiológica. Puede que la ambición principal de los psicobiólogos sea explicar la experiencia subjetiva. Pero la de los sexólogos debería ser la explicación de la experiencia sexualmente significativa.

 

En términos generales, los estudios del organismo humano o de la sexuación conciernen históricamente al complejo universo de las ciencias biológicas y médicas. De manera no tan ostensible, otras disciplinas más básicas y más duras -en términos científicos-, tales como la física, la química, o incluso la matemática, son necesarias al respecto.

 

En consecuencia con lo expuesto, cabe decir que el registro de referencia para explicar la sexualidad humana es el de la sexuación. Aunque, obviamente, la explicación de los acontecimientos experienciales necesita de la información que simultáneamente nos van a proporcionar los restantes registros de nuestro marco reflexivo.

 

Sexualidad    

 

La sexualidad puede ser formulada no sin reparos como una cualidad psíquica o mental del ser humano. La sexualidad es constitutiva de nuestra realidad mental. La sexualidad es una realidad experiencial específica y especificable. El sexólogo pretende acceder a esa realidad que cada paciente le brinda presencial y narrativamente.

 

No pocas veces digo que mi trabajo es un oficio. He escuchado a algunos médicos decir que su trabajo es un arte. Quizá compartimos una memoria del origen básicamente pre-científico de nuestras rutinas. Contamos con la intuición, la empatía y una laboriosidad empírica que acaso facilitarán un cambio beneficioso para la vida de los pacientes.

 

Desde nuestra propia formación académica hemos incidido en la praxis, y hemos hecho gala –por lo general, acríticamente- de nuestro celo pragmatista. La razón de ser de este trabajo es su utilidad de cara a la prestación de un servicio, que se pretende específico, a la comunidad. Pero nuestra arquitectura conceptual es científica.

 

No tenemos el beneficio fácil de la objetividad en nuestra tarea. Apenas se nos plantea la necesidad de registrar algo estructuralmente significativo de la condición biológica o sexuada de nuestros pacientes. Nuestro abordaje ha adquirido ya un perfil antropológico específico, aunque sea clínicamente homologable a todos los efectos.

 

Contemplamos una realidad diferente: pacientes que van narrando dificultades sexuales, propias o ajenas, que concurren en sus biografías bajo ciertas condiciones, y con quejas  que refieren a comportamientos indeseables, a funciones descontroladas, a identidades conflictivas, a emparejamientos o convivencias perturbadoras.

 

Ciertamente, los pacientes recurren a datos objetivos cuando exponen sus dificultades. Sus acuciantes demandas de cambio se sustancian en problematizaciones sexuales que se reconstruyen en su flujo narrativo. Con la interlocución accedemos objetivamente a una realidad comunicacional o lingüística que expresa la experiencia del paciente.

 

La sexología no había formulado un objeto de estudio específico sustentado en la praxis de sus profesionales. Sin embargo, a lo largo de su historia, dejaba el rastro de su interés por la experiencia franca de sus pacientes. Esa escucha empírica de lo experiencial está tanto en el origen de la sexología como en el de la psicología.

 

“La experiencia directa en sí misma no es científica sino ordinaria. Además, es lo que queremos explicar, no lo que explica. Pero sin ella no existiría la psicología propiamente dicha, ya que carecería de problemas: todo se reduciría a la neurofisiología y al llamado análisis experimental de la conducta.” (Bunge: 1985: 148)

 

La sexualidad era nuestro segundo registro. Con la sexualidad apelábamos a la cuestión vivencial del hecho sexual. Y, en consecuencia, me tomé la licencia de considerar que el objeto específico de un sexólogo era el estudio de la experiencia de significado sexual y de las condiciones de posibilidad de la misma (v. Lanas, 1994, 1997).

 

La sexualidad o la experiencia sexualmente significativa o la experiencia de significado sexual son conceptos que expresan una cualidad particular de la experiencia humana. Lo experiencial ha sido un fenómeno de referencia para ese cartesianismo naturalista que reivindica la cualidad física del mismo para quien lo protagoniza. Veamos:

 

“Lo <<experiencial>> se refiere únicamente a esa parte de la realidad que consiste en el fenómeno (indiscutiblemente real) de que las experiencias poseen la naturaleza cualitativa que poseen para quienes las tienen mientras las tienen. Es precisamente esto (…) lo que es solo físico.” (Strawson, 1997: 77)

 

El porqué de este paso se puede avalar desde un enfoque -como mínimo- realista de los hechos que estudiamos. Los clínicamente denominados trastornos sexuales constituyen la expresión simultánea de una incompetencia emocional que se suscita en un momento dado, y bajo ciertas condiciones relacionales o contextuales más amplias.

 

Solo una provechosa casuística puede avalar algo que, por otra parte, resulta obvio. No es esta una reflexión exclusivamente válida para abordar las (consideradas) disfunciones sexuales. Lo es también para los restantes (clínicamente aceptados) trastornos sexuales y de la identidad sexual, y aún otros no tan sexuales.

 

Quizá este sea el momento oportuno para indicar hasta qué punto resulta ya inaceptable el reduccionismo conductista. Lo mismo desde un punto de vista teórico, como desde el punto de vista práctico. El foco de la atención terapéutica del sexólogo se encuentra en la condición sexual y mental que acompaña a la conducta clínicamente identificada.

 

Erótica

 

El de la erótica era el tercer registro o campo conceptual del marco reflexivo inicial para la sexología. Con él se quería dar a entender que además de ser sexuados y sexuales, los seres humanos nos expresamos como tales: sexualmente. El de la erótica es un concepto que recoge las posibilidades expresivas de la vida sexual humana.

 

Los sexólogos que inciden en la consideración clínica de su objeto de estudio prefieren la terminología psiquiátrica para encauzar semiológicamente lo que, desde su punto de vista, son trastornos o disfunciones sexuales. Endeudados con el paradigma conductista, circunscriben básicamente su atención a la conducta o la respuesta sexual.

 

La apuesta terapéutica de una sexología comprensiva se aleja radicalmente del modelo clínico. No plantea modificar directamente comportamientos o funciones sexuales. Pero  considera que estos facilitan los indicadores de la experiencia sexualmente significativa, condición sexual y mental de toda expresión erótica.

 

La erótica no es un ritual encapsulado en el tiempo y el espacio de quienes lo practican. Lo que se predica a propósito de la comunicación es válido con respecto a la expresión: es imposible no expresarse. La expresividad erótica se inscribe situacionalmente en una continuidad expresiva o lingüística.

 

La vivencia sexualmente significativa exhibe una erótica más o menos grandilocuente. Más allá de esta cualidad experiencial, la condición de posibilidad material de la erótica se fundamenta en la integridad estructural y funcional de un organismo capitalizado por un cerebro que a su vez facilita la condición mental necesaria ya expuesta.

 

Los cambios relativos a la expresividad erótica encuentran su justa correspondencia en cambios mentales, o específicamente sexuales, que concomitantemente cabe asignar a la sexualidad de cualquier sujeto que al respecto se tome como referencia. La erótica tiene, pues, un correlato mental que tiene que contribuir a explicarla.

 

La erótica es personal y social al mismo tiempo. En todo caso es de índole discursiva y de índole lingüística. La actividad erótica puede llegar a ser directamente observable o constatable. El discurso o el lenguaje pueden materializarse perceptivamente, y gracias a la imaginación, de los interlocutores o los espectadores.

 

Contextualización sociocultural 

 

El título propuesto para esta ponencia parece una invitación a establecer una dialéctica conceptual al amparo de dos términos: por un lado, Sexología o ciencia sexológica y, por el otro, Cultura. Ciertamente, la cultura no es una ciencia, pero constituye el objeto de una tarea científica común que da carta de naturaleza a la antropología.

 

Por si fuera necesario argumentarlo convincentemente bastaría considerar cómo, en Una teoría científica de la cultura, Malinowski trataba de “mostrar que el verdadero campo de reunión de todas las ramas de la antropología es el estudio científico de la cultura.” (Malinowski, 1981: 11).

 

De la cultura en general, mantiene su vigencia una definición de Taylor que merece el calificativo de canónica: “complejo conjunto que incluye el conocimiento, las creencias, las artes, la moral, las leyes, las costumbres, el derecho, y cualesquiera otras aptitudes y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de la sociedad.” (Tylor: 1977: 19)

 

Las definiciones de cultura no resultan satisfactorias. La de Tylor no deja de formular un conjunto francamente heterogéneo de cosas cuya sistematización parece arbitraria. La antropología actual sigue incidiendo aún en la revisión de los conceptos de cultura y sociedad. (v. respectivamente, Izard (1996); Leach (1996).

 

Los de cultura y sociedad son vocablos recurrentes en el discurso de los profesionales de la sexología, y no solo en el curso de la interlocución terapéutica. No es extraño que lo sean: en lo sociocultural se inscriben condiciones con las que inexcusablemente hay que contar a la hora de abordar nuestra praxis.

 

Esto es lo que yo al menos comencé a considerar al poco tiempo de iniciar mi andadura profesional como sexólogo. Debido a ello, me atreví a reformular el marco reflexivo de la sexología añadiendo a los tres registros aquí citados una nueva referencia: la relativa a la contextualización sociocultural del hecho sexual humano.

 

El hecho sexual humano carecería de sentido como modelo de representación de nuestra vida sexual sin esa contextualización sociocultural que implica, necesariamente, a todo ser humano a lo largo de su recorrido vital. Sin contar con ella, la problematización de la vida sexual resulta incomprensible e inexplicable.

 

No podríamos hablar de ese espacio social, que virtualmente nos concierne a todos, sin nuestra necesidad de relacionarnos, sin nuestra necesidad de agruparnos. Gracias a esa necesidad o, quizás, a ese deseo, nacemos, podemos vivir y perpetuamos. Sabemos que somos seres radicalmente sociales. Seres de trato y de contrato.

 

El emparejamiento, la familia, las relaciones particulares o privadas de convivencia, de  amistad o de otra índole, las relaciones públicas y, en términos generales, la diversa y compleja institucionalización que afecta a nuestras vidas, constituyen claros ejemplos de la necesidad humana de relacionarse y agruparse contractualmente.

 

En realidad, estamos obligados a incorporar, dentro de nuestro marco epistemológico, ese nuevo campo conceptual que da noticia de esa condición socio-cultural de nuestra existencia, pero no solo en clave sexual. La temática sociocultural es, en todo caso, la que soporta las particularidades del flujo narrativo de nuestros pacientes.

 

En terapia sexual, el paciente o los pacientes siempre aluden al otro o a los otros que son partícipes comunes de esos agrupamientos antes citados. Tratan de expresar lo propio y lo ajeno de sus emparejamientos, de sus respectivas vidas familiares de origen y de las que les importan porque las buscan, porque las crean o porque las echan a perder.

 

En realidad, esos pacientes van contextualizando ante nosotros lo que han vivido en otro tiempo y otro lugar como algo problemático o perjudicial y, por lo tanto, como algo que  les corresponde hacer desaparecer, o al menos atenuar, en sus implicaciones sexuales o íntimas, en sus relaciones de familia, de convivencia, de amistad o acaso de otra índole.

 

Hay saberes, más o menos comunes, que cada sujeto va haciendo propios a su manera. Va moldeando con ellos lo que se entiende es su personalidad, su carácter particular, poniendo a prueba sus capacidades adaptativas para satisfacer sus deseos y resolver sus dificultades. A duras penas.

 

En consecuencia, y ya en la cita terapéutica, el paciente va teniendo que reconocer esos saberes intuitivamente adquiridos que él particulariza, obedeciendo las exigencias de su universo mitológico, de esa mitología de la diferenciación intersexual que le interpela mientras vive, poniendo a prueba su competencia ante cualquier cruce de expectativas.

 

Así pues, la contextualización sociocultural del hecho sexual humano no es más que un proceso de índole evocativa y narrativa. El encadenamiento autobiográfico de una serie diacrónica de sucesos, interpretados situacionalmente por distintos actores, gracias a los cuales se inducen en la persona expectativas inadecuadas con respecto a los demás.

 

Esta diacronía de acontecimientos contextuales, de carácter discursivo o lingüístico, no deja de ser representable en el seno del marco ampliado para la reflexión epistemológica en sexología. La disposición de este campo conceptual es paralela a los tres campos que le han precedido, y próxima y externa al de la erótica.

 

La contextualización sociocultural del hecho sexual de cada caso en particular puede ser remitida a los demás campos conceptuales del citado hecho sexual. A los sexólogos nos interesa señalar que ese contexto explicitado remite a la sexualidad propia del sujeto en su percepción de la situación conflictiva.

 

Remite, igualmente, a la condición biológica o sexuada del organismo, en la medida en que no hay sexualidad ni experiencia íntima sin cerebro. Un cerebro que capitaliza todas las funciones correspondientes al sistema nervioso central, y que para ello requiere del sostén estructural y funcional suficiente del organismo restante.

 

Remite, por último, -y este suele ser el argumento ordinario de la queja del paciente- a cierta incompetencia de índole conductual, funcional o emocional que acaso puede tener lugar ante determinadas compañías y/o en el momento, el lugar y la situación señalados como problemáticos de un contexto presencial tomado como referencia erótica o íntima.

 

Condición cultural de la sexología

 

Clifford Geertz, en su texto titulado La interpretación de las culturas (1991), abunda en la idea de que si se desea saber en qué consiste una ciencia, es preciso tener en cuenta a quienes la practican. Esta reflexión es, en todo caso necesaria, para llegar a argumentar con rigor la condición cultural de nuestra disciplina.

 

La cultura humana dio lugar a las ciencias antropológicas y, desde estas, se conformó el tronco científico común de la antropología. De esa misma cultura nació la sexología, un ámbito disciplinar que, desde su buscada especificidad -aunque a veces a pesar de ella- comparte con las ciencias antropológicas la savia de ese tronco común.

 

La sexología es una ciencia antropológica. Decir esto no añade nada nuevo a la historia de una disciplina escorada hacia el pensamiento humanista. Y, por añadidura, es fácil de trazar cierto perfil antropológico en la obra de sus autores más representativos. Hoy en día, el saber antropológico da fundamento metodológico a la praxis sexológica.

 

La sexología no es, sin otros argumentos, ni una ciencia médica, ni tampoco una ciencia  psicológica. Pero se nutre, indudablemente, de aquellos saberes médicos y psicológicos que se sustancian clínicamente en la práctica terapéutica de sus profesionales. La praxis de los sexólogos no es, pues, necesariamente clínica.

 

No voy a ofrecer más razones para la existencia de una ciencia sexológica. Considerada como una ciencia, la sexología tiene que ofrecer hipótesis que se puedan validar con la necesaria colaboración de sus disciplinas próximas. También a ella le llegó el momento de aprender a superar la distinción entre ciencias idiográficas y nomotéticas.

 

Como marco para la reflexión epistemológica en sexología, el hecho sexual humano, en su contextualización sociocultural, proporciona una plantilla conceptual básica para la investigación y, en última instancia, la explicación de la sexualidad y sus condiciones de viabilidad y de modificación adaptativa ante la adversidad contextual.

 

Las teorías científicas no solo se sustentan en datos empíricos. Necesitan el aval de otras teorías y otros planteamientos filosóficos ajenos a la propia disciplina. Esto es algo que también cabe aplicar a la sexología. Por fortuna, actualmente es posible establecer una franca sintonía entre el marco reflexivo de la sexología y ciertas propuestas monistas.

 

También para los sexólogos: el enfoque monista es científico; resuelve las dificultades conceptuales propias de los paralelismos; compatibiliza el uso conceptual del “suceso” como noción relativa al cambio de estado de la cosa concreta; la biología evolucionista lo confirma; y, por último, propone un paradigma de interdisciplinaridad.

 

Los sexólogos pueden acceder a su objeto de estudio a través de la introspección; las manifestaciones externas de la actividad nerviosa (las conductas o lenguajes corporal y verbal); la actividad biológica que acompaña a la experiencia sexualmente significativa; y los productos culturales del espacio social.

 

Vías prácticamente similares a las que se predican como adecuadas para acceder a la explicación de la psique, de acuerdo con el programa monista. Desde luego, ninguna de ellas es prescindible, tampoco a la hora de explicar la sexualidad humana. O, en todo caso, la concurrencia de todas ellas es necesaria para poder explicarla.

 

Dos vertientes profesionales aseguran y acreditan la condición científica de la sexología contemporánea: la terapéutica y la pedagógica. El ejercicio profesional de las mismas constituye un milagro cotidiano de la adaptación a un terreno siempre inexplorado. Y, por eso, ambas reafirman la condición antropológica de nuestra disciplina.

 

El propósito de la presente exposición es una invitación a calibrar la calidad científica de nuestro específico “trabajo de campo”. Aunque también es una incitación a hacer de nuestra disciplina una ciencia explicativa. Un reto que nos exigirá, inexorablemente, la tarea compartida de científicos ajenos a nuestro ámbito profesional.

 

El pensamiento sexológico tiende en no pocas ocasiones hacia la evanescencia: agotado o agostado -según se mire- por su descabalgada recreación histórica; por la pesadez de la carga funcionarial de sus profesionales; y, sobretodo, en estos últimos tiempos, por su propensión hacia un activismo exultante y ostentoso.

 

Convencido de la necesidad de una conceptualización rigurosa en nuestro medio, pienso que no debemos desaprovechar la oportunidad de impedir, con plena conciencia de ello, la derrota de nuestro lenguaje, para reconducirlo y hacerlo homologable con el propio de otros ámbitos que convienen a nuestra operatividad científica.

 

El espacio social lo es, llamativamente, de un entrecruzamiento discursivo constante acerca de nuestra vida sexual. Los profesionales de la sexología no solo advertimos los beneficios del mismo en la gente. También detectamos una fabricación de angustia que se deriva de esa multilateralidad de influencias nocivas en esa misma gente.

 

Hay que contar al respecto con la iatrogenia prescriptiva, aunque ya no tanto relativa a un orden médico o clínico, sino más bien a un orden social cuyos prometedores agentes pretenden dar respuesta a las preocupaciones de una población demandante y condenada a naufragar, cíclicamente, en la desmesura de sus necesidades.

 

Sigue vigente, y más vigorosa que nunca, la tematización sociocultural de nuestra vida sexual. No se puede negar la importancia que en este sentido tiene la faceta divulgativa de los sexólogos. Nuestros neologismos, nuestros conceptos y nuestras disquisiciones se evidenciarán luego en las ofertas de servicios y en las demandas de atención.

 

La sexología y sus procedimientos de intervención están sufriendo un desclasamiento con respecto a su condición científica. Por supuesto, no es tarea fácil el adquirir soltura con el lenguaje científico, pero resultamos empalagosamente visibles: preferimos la luz de los focos a la sombra de un despacho, a la frialdad de un laboratorio.

 

Yo quiero subrayar aquí precisamente esa condición científica: las propuestas para una praxis solvente y para esa producción teórica rigurosa que la pueda inspirar paso a paso. He presentado un modelo para reflexionar acerca de la previsible explicación de nuestro objeto de estudio mediante la concurrencia de esfuerzos con otras disciplinas.

 

La condición sociocultural de nuestra disciplina no es únicamente de índole científica. Hay condiciones sociopolíticas, relativas a la instrumentalización de recursos sociales, que estimulan el consumo de una oferta sexológica menoscabada en valores que hasta el presente considerábamos fundacionales: la cientificidad y la ética.

 

Al respecto, hay que denunciar aquí una secuencia circular de hechos demasiado obvia. El constructo clave que facilitan los ojeadores profesionales es el estigma. El estigma es al final su acertada adscripción al sujeto concernido por ella: este lo mostrará de buen grado en la gran plaza del pueblo televisivo.

 

A la banalización sociopolítica de nuestro lenguaje le conviene, además de su denuncia, el abandono de alguna de sus etiquetas menos convincentes, desde una perspectiva de índole filosófica, epistemológica, o desde su mera consideración nominal como carta de presentación para una disciplina como la nuestra.

 

La sexología adoptó un enfoque sistémico a la hora de abordar sus problemas, tanto en su praxis como en la argumentación teórica de la misma. Adecuadamente. El sistemismo es compatible con el enfoque materialista de nuestro objeto de estudio. Esta concepción sistémica es la que reconoce en el materialismo la propiedad emergentista.

 

Para la sexología contemporánea es importante atender las razones de la sociología y de la antropología de la ciencia, disciplinas que estudian los efectos de la sociedad sobre la investigación científica, y los efectos de esta sobre la sociedad y la cultura. Y tampoco puede prescindir del análisis epistemológico de estas mismas ciencias.

 

También en sexología se busca la verdad como algo real y objetivable. Y no siempre se cede a la tentación del relativismo cultural o epistemológico. Pero no lo celebremos aún. Tenemos una piedra en el zapato. El constructivismo nos proporcionó un apellido por el que pagamos un alto precio: el de nuestro ablandamiento discursivo.

 

 

Bibliografía

 

Amezúa, e. (1979). La sexología como ciencia: esbozo de un enfoque coherente del hecho sexual humano . I Semana de Estudios Sexológicos de Euskadi. Vitoria.

Bonte, Pierre y Izard, Michael. (1996). Diccionario Akal de etnología y antropología. Madrid: Akal.

Bunge, M. (1985). Epistemología. Barcelona: Methodos.

Bunge, M. (1988). El problema mente-cerebro. Un enfoque psicocobiológico. Madrid: Tecnos.

Bunge, M. (2014). Memorias. Entre dos mundos. Barcelona: Gedisa.

Bunge, M. (2015). Crítica de la nueva sociología de la ciencia. Pamplona: Laetoli.

Comfort, A. (1977). Los médicos fabricantes de angustia. Barcelona: Granica.

Geertz, C. (1991). La interpretación de las culturas. Barcelona: Gedisa.

Izard, M. (1996). Cultura 1. El problema. En P. y. Bonte, Diccionario Akal de Etnología y antropología (págs. 201-203). Madrid: Akal.

Lanas Lecuona, M. (1994). Sexología y recursos farmacológicos: Hacia una farmacología sexual. Revista de Sexología(63).

Lanas Lecuona, M. (2015). Razones de una ciencia sexológica. Madrid: Síntesis.

Malinowski, B. (1981). Una teoría científica de la cultura. Barcelona: Edhasa.

Money, John y Ehrhardt, Anke. (1982). Desarrollo de la sexualidad humana (Diferenciación y dimorfismo de la identidad de género desde la concepción hasta la madurez). Madrid: Morata.

Strawson, G. (1997). La realidad mental. Barcelona: Prensa Ibérica.

Tylor, E. (1977). Cultura primitiva. 1 /los orígenes de la cultura. Madrid: Ayuso.

Wright, G. v. (1987). Explicación y comprensión. Madrid: Alianza.

 

*Licenciado en Medicina. Licenciado en Psicología. Máster en Sexología.Doctor en Filosofía (antropología social).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s