“Nuevas geografías amorosas: la pareja 2.0”

(Ponencia de las Jornadas “Sexología y cultura en el S.XXI. Donostia 2016)

*Raúl Marcos

NUEVAS GEOGRAFÍAS AMOROSAS: LA PAREJA 2.0

 

Internet y el desarrollo de las tecnologías digitales han supuesto un profundo cambio en la vida de las personas en muchos aspectos. Uno de esos cambios, quizá el fundamental, es que este desarrollo tecnológico ha posibilitado la creación de un nuevo espacio para las relaciones entre los sexos. Un nuevo contexto social en el que desarrollamos prácticamente las mismas actividades que en los contextos sociales tradicionales, los espacios ofline. Sin embargo los entonos digitales tienen unos códigos y unas características especiales que hacen que las relaciones online no sean exactamente iguales a las que se dan en el mundo ofline. No existe un mundo real y otro virtual. Ambos son reales. Somos los mismos, en otro plano, y a pesar de ser los mismos,  no nos comportamos del mismo modo.

Pero antes de entrar a describir cuales son estas características especiales de los espacios digitales, me gustaría que analizáramos qué se encuentra tras este titular aparecido en prensa hace algún tiempo: “Un estudio confirma que más de 28 millones de parejas rompen al año por culpa de WhatsApp o Facebook” la pregunta parece lógica, ¿tan perjudiciales pueden ser estas plataformas digitales para la feliz convivencia en pareja? En el estudio, que no se cita cuál es, no se dice cuántas parejas tenían dificultades de comunicación, de confianza o de celos, antes de la ruptura y se culpabiliza a internet por ello.

Éste tan solo es un ejemplo de cuál es el tratamiento mediático de la red y de todo lo que tiene que ver con ella.  Es un tratamiento sensacionalista que se basa en la alarma, el miedo y los peligros que la red entraña para todas las personas usuarias. Todos los días los medios de comunicación, sobre todo tradicionales, ponen la mirada en los riesgos que entraña la red, creando una alarma social que esta siendo aprovechada por profesionales de muchos ámbitos para obtener su propio beneficio.

El ser humano siempre que se ha enfrentado a una nueva tecnología lo ha hecho desde el recelo, el miedo, la desconfianza… Cuando el ferrocarril irrumpe en el escenario de los medios de transporte, los científicos de la época alertaban de las nefastas consecuencias que podría tener para el ser humano desplazarse a esas enormes velocidades, que oscilaban entre los 30 y 40 km por hora. Otros fueron más allá diciendo que el humo de la locomotoras iba a terminar con las cosechas de trigo a su paso o que contaminaría el agua de los ríos.

Algo parecido está ocurriendo ahora con Internet. Los neurólogos advierten de los riesgos que tienen las pantallas iluminadas de los dispositivos móviles para el correcto desarrollo del cerebro. Los psicólogos hablan de distintas adicciones relacionadas con la tecnología y algunos sociólogos auguran el fin de las habilidades sociales por el uso de herramientas digitales. Son muchas voces las que demonizan cualquier aspecto relacionado con lo digital. Y es precisamente desde este alarmismo desde donde empezamos a hacer la educación digital. Sabemos que basar la educación en el miedo, la prohibición y el riesgo no trae consigo los resultados esperados. Durante mucho tiempo ese ha sido el punto de partida a la hora de hacer educación sexual. Se comienza a hacer dicha educación para terminar con los embarazos no planificados y con las infecciones de transmisión genital. Cuatro décadas más tarde, los datos nos dicen que no hemos alcanzado nuestros objetivos y una de las razones es que no se puede construir nada positivo desde las miserias que algo tiene. Con la educación digital estamos cometiendo el mismo error. Ponemos el acento en el peligro, en vez de hacerlo en la oportunidades que trae consigo la era digital.

Pero, ¿cuándo comienza esta era digital y quiénes son sus actores? Según el escritor Mark Prensky, especialista en aprendizaje y comunicación en la sociedad de la información, la era digital comienza a partir de 1980. En cuanto a los actores de esta nueva sociedad, Prensky los divide en tres grupos en base al nivel de comodidad que presentan en el uso de herramientas digitales.

De este modo llama “nativos digitales” a las personas nacidas a partir de esa fecha, hasta la actualidad, es decir, han nacido en la sociedad de la información y comunicación y desde el comienzo de su vida han estado rodeados de ordenadores, móviles e internet.

“Inmigrantes digitales” serían las personas nacidas antes de 1980. Según Prensky un inmigrante es una persona que ha nacido en una sociedad diferente a aquella en la que vive ahora. Esta persona debe adaptarse a su nueva sociedad. Este proceso de adaptación suele incluir el aprendizaje y la adopción de nuevas costumbres, formas de hacer las cosas y hasta de un nuevo idioma. En el caso de los inmigrantes digitales, son personas que nacieron en una sociedad distinta a la sociedad de la información y el conocimiento y hacen el esfuerzo por adaptarse a las tecnologías digitales.

Y por último Prensky habla de “refugiados digitales” para referirse a aquellas personas que han nacido antes de que comenzara la era digital y bien por una cuestión generacional o por una oposición personal a las tecnologías digitales, no hacen el esfuerzo de adaptarse al cambio. La utilización del término “refugiado tiene que ver con que un refugiado es una persona que por alguna razón ha sido forzada a dejar la sociedad en donde nació, por causa de un conflicto armado, un desastre natural, persecución política o crisis económica.

Pero, ¿realmente existen los nativos digitales? Teniendo en cuenta el criterio de comodidad en cuanto al uso de tecnologías digitales e internet que propone Prensky, parece que si. Sin embargo para ser un nativo digital no solo hay que haber nacido en la sociedad de la información y comunicación. Un nativo es alguien que ha sido educado y formado en el correcto uso de esta tecnología y en este sentido creo que es más correcto hablar de “huérfanos digitales” que de nativos, ya que en la mayor parte de los casos esta educación y formación por parte de las generaciones de personas más mayores, es entre escasa y nula.

El ser humano se caracteriza por ser un animal que inventa, inventos como la agricultura, la rueda, la imprenta o la electricidad marcaron un antes y un después en la vida de las personas, produciendo profundos cambios. Internet es el último de estos grandes inventos, con una gran diferencia respecto al resto: la expansión de esta tecnología ha sido tan rápida que las generaciones de personas más mayores no se sienten capacitadas para formar a las nuevas generaciones en el uso de estas tecnologías, algo que no había sucedido nunca en la historia de la humanidad con ningún otro avance tecnológico.

CARACTERÍSTICAS DE LOS ESPACIOS DIGITALES.

Sin duda la primera de estas características tiene que ver con la distancia, que  si bien es fundamental para que se produzcan las relaciones ofline, en las relaciones online deja de ser relevante. De hecho existe la misma distancia cuando mantengo una conversación, vía WhatsApp por ejemplo, con alguien que está al otro lado de la ciudad que con alguien que se encuentra al otro lado del mundo. La distancia es la que separa mis ojos de la pantalla retroiluminada de mi dispositivo móvil. La interacción y mi manera de comunicarme va a ser la misma en ambos casos.

Las relaciones ofline están muy marcadas por los tiempos. No solo tenemos que compartir un espacio sino que dependiendo del tiempo que tengamos la interacción será de un tipo, de otro, o simplemente no podrá ser por falta de tiempo. Sin embargo esto no es demasiado importante cuando la comunicación se da a través de plataformas digitales. La comunicación digital puede ser sincrónica o asincrónica y además tan solo me hacen falta unos pocos segundos para enviarle un emoticono a alguien, algo que puedo hacer mientras desarrollo cualquier tipo de actividad. Esta circunstancia refuerza la idea de conexión entre las personas ya que permite estar en contacto con alguien casi de manera constante.

Otra característica importante de las relaciones online es que podemos elegir distintos grados de anonimato, algo imposible en las relaciones ofline, en las que únicamente puedo optar por relacionarme en lugares donde me conoce todo el mundo, en lugares donde me conocen algunas personas o en lugares donde no me conoce nadie.

Dependiendo del grado de anonimato que haya elegido me comportaré de una manera u otra. De este modo, no me relaciono del mismo modo si en un perfil de una red social aparece mi nombre y mis apellidos o si elijo un nick o apodo, y por supuesto no interacciono de la misma manera si en la foto de perfil aparece una foto de mi cara, de mi culo o de mi gato. Existe la creencia de que en internet nadie es como dice ser, que todo el mundo miente sobre si mismo o sobre su vida. Sin embargo el poder elegir distintos grados de anonimato hace que muchas personas, protegidas precisamente por ese anonimato, se muestren en la red más como son realmente que en otro tipo de espacios ofline. El anonimato puede hacer que revelemos aspectos de nosotros que mantenemos ocultos en las relaciones ofline y que alcancemos altos niveles de sinceridad a la hora de relacionarnos con otras personas.

En los espacios digitales no hay limitaciones de movilidad y todos estamos en igualdad de condiciones en este aspecto. La diversidad funcional de las personas deja de ser un handicap que condiciona las relaciones. En los entornos digitales no hay barreras arquitectónicas, no hay la necesidad de buscar un taxi para regresar a casa, ni siquiera hay que pensar a dónde ir. Pasamos de la parte pública de una red social a la privada a golpe de click y sin ningún tipo de esfuerzo, del mismo modo que vamos de una red a otra o de una sala de chat a otra.

Esto no quiere decir que internet sea para todos. La brecha digital hace que muchas personas no puedan acceder a estos entornos digitales. Hasta ahora la brecha digital es fundamentalmente generacional y económica. El paso del tiempo hará que el aspecto generacional desaparezca. La brecha digital se va a estrechar en este aspecto, pero se va ha hacer más profunda en cuanto al aspecto económico. Es cierto que desde hace algún tiempo se trabaja en la idea de un internet global que llegue a todos los rincones del planeta, sin embargo esto no quiere decir que todo el mundo puede acceder a todos los servicios que internet nos tiene preparados.

Hasta ahora para que se pudieran dar las relaciones entre las personas, éstas tenían que compartir un espacio común y eran las características propias de ese espacio las que marcaban en gran medida esa interacción. De este modo, las relaciones se ven mediatizadas por el contexto social en el que se producen. No nos relacionamos del mismo modo si estamos en un contexto laboral o de ocio. Dicho espacio puede facilitar la interacción o dificultarla, puede ser un espacio en el que nos sentimos cómodos o puede ser un entorno ansiógeno.

En las relaciones online cada persona interacciona desde su propio espacio, sin los condicionantes que he mencionado. La mayor parte de las veces “jugamos en casa”, con el contexto a nuestro favor y con la seguridad que ello conlleva. De hecho, la mayor parte de las veces, ni siquiera tenemos que abandonar nuestra zona de confort.

Unido a todo esto, está la cuestión de las habilidades sociales: hacen falta muchas menos para relacionarse a través de una herramienta digital. En las relaciones ofline hay que hacer mucho más esfuerzo para, por ejemplo, iniciar una conversación y también para mantenerla. En las relaciones que se dan través de la red el nerviosismo pasa desapercibido. La otra persona no va a notar el temblor de la voz o la falta de decisión a la hora de acercarnos. Un simple “ola” es suficiente para iniciar una conversación, algo a todas luces insuficiente en las relaciones ofline. Claro está que tras este primer acercamiento hay que seguir la conversación, pero hemos de tener en cuenta que los tiempos de respuesta son otros, tenemos algo más de margen para reaccionar. Por otro lado, si la conversación llega a un punto incómodo, siempre podemos recurrir al “botón del pánico”, una especie de “tierra trágame” del que no disponemos en las relaciones ofline, a no ser que huyamos sin decir nada. En las interacciones en la red podemos poner fin a la conversación con la excusa de que se agotó la batería, se cayó la conexión o cualquier otro motivo.

Todas estas características hacen que los dispositivos electrónicos con conexión a internet ofrezcan una gran sensación de seguridad a todas las personas que los usan. Nos sentimos seguros a la hora de iniciar el contacto con alguien, a la hora de confiar y dar información sobre nosotros de contenido emocional, a la hora de ciberacosar o incluso a la hora de enamorarnos.

Las redes sociales online (RSO) nos han hecho creer que todos tenemos un público. Si unimos esta idea a la sensación de seguridad que nos dan los dispositivos móviles, podremos encontrar respuestas al por qué de muchos de nuestros comportamientos en la red.

El avance de la tecnología ha propiciado que un concepto acuñado por el psicoanalista francés Jacques Lacan en 1958, cobre todo su significado. Me estoy refiriendo al concepto de extimidad, usado para referirse a “la tendencia de las personas a hacer pública su intimidad”. En 2001 el psiquiatra Serge Tisseron le da un nuevo significado a la palabra, donde la extimidad es lo contrario a la intimidad. Es la exposición pública de los aspectos íntimos de una persona, no tanto para compartir algo con los demás, sino para usarlos como un espejo en el que reafirmarse.

La extimidad es la necesidad que tenemos de decirle al mundo quiénes somos, qué pensamos o cuáles son nuestros gustos, deseos o acciones, mientras buscamos la reacción de ese público. Su interacción es incluso más importante que el contenido que hemos compartido y muchas veces éste se adecua a lo que creemos que los demás están esperando de nosotros mismos. Los otros son el espejo en el que me proyecto.

A ese público le alimentamos con nuestra vida cotidiana, con nuestra vida íntima, con nuestro ingenio… en definitiva con nuestro narcisismo. Y el máximo exponente de ese narcisismo es el selfie, en el que damos la vuelta a la cámara al pensar que somos nosotros el centro de interés.

¿Es nuevo este comportamiento?, ¿tiene que ver con el desarrollo de la era digital y con las RSO?  De haber sido capaz, Narciso hubiera sido el protagonista del primer selfie de la Historia. Si cuando Narciso quedó embelesado ante la contemplación de su propia imagen reflejada en el agua, hubiera podido capturar esa imagen, lo habría hecho. Si hubiera podido enseñársela a alguien, lo habría hecho y si hubiera podido enseñársela a todo el mundo, también lo habría hecho.  Internet tanto solo nos ha dado la posibilidad de hacerlo, no ha creado la necesidad de hacerlo. La extimidad como concepto, quizá sea nuevo, sin embargo esa necesidad de ser el centro de atención estaba en alguna parte de nuestro ADN filogenético. Esto puede ser extensivo a otros muchos comportamientos que tenemos en la red, que no tienen tanto que ver con la tecnología, sino con cómo somos y cómo nos comportamos los seres humanos.

CARACTERÍSTICAS DE LAS RELACIONES DIGITALES.

Internet nos coloca en otro escenario, pero seguimos siendo los mismos. En dicho escenario la palabra cobra todo el protagonismo, especialmente en las relaciones. Los jóvenes enamorados prefieren comunicarse a golpe de click, escribiendo palabras. El mensaje es lo importante, frente a la imagen. Esta es otra de las características de la comunicación digital, que no está tan afectada por la idea que tenemos de nuestra propia imagen. En las relaciones online no tengo que preocuparme por cómo me está viendo el otro, no tengo que arreglarme de forma especial. Para todo esto ya esta mi avatar, siempre preparado y listo para dar la imagen que yo elijo de mi mismo.

Este es otro elemento que consigue dar sensación de seguridad a las personas. Y todo unido, hace que en muchas relaciones online se alcancen altos niveles de confianza de forma muy rápida. Es eso precisamente lo que hace que empecemos a compartir información de alto contenido emocional, aspectos íntimos de nuestra vida o material audiovisual de contenido erótico, con personas más o menos desconocidas.

La posibilidad de estar conectados casi las 24 horas del día, hacen tener la sensación a las parejas de enamorados de que tienen un vínculo muy especial. A veces este vínculo es real y otras veces, tan solo una sensación.  De hecho una de las características de muchas relaciones que se dan a través de la red, es que tienen un bajo nivel de compromiso. Llegados a este punto, convendría recordar un concepto del sociólogo polaco Zigmun Bauman.

Bauman podría encabezar una lista de personas que demonizan Internet. A pesar de no estar del todo de acuerdo con muchas de sus ideas, tiene algún concepto interesante. Él habla de “amor líquido” para referirse precisamente a esta falta de solidez y compromiso en las relaciones que se establecen a través de internet, sin distinción y como si todas fueran iguales. En las relaciones ofline utilizamos distintos tipos de registros lingüísticos dependiendo del grado de formalización del contexto, del grado de especialización de los receptores y del medio en el que se establece la comunicación. Pensar que nos comportamos de un único modo en internet, es simplificar demasiado el tema.

Además de los condicionantes antes mencionados, las relaciones online se ven afectadas tanto por el medio digital en el que se producen (email, una RSO, WhatsApp o una aplicación para ligar…) como por el grado de anonimato que hemos elegido y sobre todo por el objetivo de esa interacción.

Bauman va más allá en sus afirmaciones y llega a decir que estamos extrapolando esa manera poco “solida” de relacionarnos en internet a todas las relaciones ofline.

La persona que más críticas ha vertido sobre las afirmaciones de Bauman es el sociólogo Enrique Gil Calvo que en su artículo “Retrato Intelectual de un Ensayista Líquido” hace un repaso de la figura de Bauman. Respecto al concepto de amor líquido, Gil Calvo hace una curiosa crítica muy sexológica y dice que las mujeres siempre han amado solido y por contra los hombres, siempre han amado líquido.

Sin embargo muchas de las ideas de Bauman respecto a las relaciones que se producen en internet, pueden ser ciertas si las aplicamos a las relaciones que se establecen a través de aplicaciones de uso exclusivo para ligar. Dichas apps son cada vez más utilizadas por un cada vez más variado tipo de personas. Bauman dice que en la red no se producen relaciones, sino conexiones y esto es algo muy similar a lo que sucede en estas aplicaciones. Conectamos con gente, puede haber una muy buena conexión y tras la interacción desconectamos sin que exista un compromiso posterior. Se produce una especie de consumo de relaciones, algo de lo que también habla Bauman, aunque él lo aplica, de manera errónea, a cualquier relación que se produce en la red.

La manera de ligar a través de esas aplicaciones, dista mucho de cómo se liga en otras plataformas digitales. Utilizando como metáfora la pesca, si en otro tipo de plataforma digital “echamos el anzuelo” a alguien concreto, o bien lo dejamos caer a la espera de que alguien pique, en estas aplicaciones, dejamos la caña a un lado y usamos una red de arrastre. Hay una forma de actuar que propicia una especie de efecto “casting”. A pesar de haber contactado con alguien que cumple  con las expectativas previas, se puede tener la sensación de que podemos encontrar algo mejor. La cantidad de potenciales candidatos hace que en la mayor parte de los casos despleguemos las estrategias de ligue en varios objetivos. Esta es precisamente una de las razones por las que muchas mujeres (y no pocos hombres) se estén cansando de ligar por internet. El no saberse elegidos de antemano y el saber que pueden estar formando parte de una especie de proceso de selección, hace que muchas personas pierdan el interés en el juego del cortejo digital. Indudablemente, en los espacios ofline también hacemos una especie de proceso de selección a la hora de ligar, sin embargo no es tan evidente como cuando ligamos a través de un aplicación. En un espacio ofline es muy difícil ligar con dos personas a la vez y es prácticamente imposible hacerlo de forma simultánea, pero la tecnología digital permite esto, pueden ser dos, tres o más personas con las que estamos ligando. Esto nos mete en una especie de competición que decepciona a muchas personas ya que no es lo mismo ser el mejor de un grupo que ser único.

Pero volvamos al titular del comienzo, “Un estudio confirma que más de 28 millones de parejas rompen al año por culpa de WhatsApp o Facebook”. Es probable que muchas de estas rupturas se hayan producido por una nueva forma de “incomodidad” de pareja. Me estoy refiriendo al “cibertonteo” del otro. Este cibertonteo la mayor parte de las veces es inofensivo, lo cual no quiere decir que sea percibido como inocuo por la otra parte de la pareja. Este comportamiento a través de la red es sencillo de llevar a cabo, pasa fácilmente desapercibido, lo podemos hacer tranquilamente desde nuestra propia casa sin levantar sospechas e incluso en compañía de nuestra propia pareja. Pero hemos de tener en cuenta que no es un juego exento de riesgo. Otra de las características de las relaciones online es que quedan registradas las interacciones, se pueden releer conversaciones, ver la fecha en la se produjeron, la hora… y es que todo lo que se hace en internet, deja un rastro y es muchas veces este rastro, el que delata el cibertonteo de alguien. ¿Estamos ante un nuevo modo, quizá más sutil, de infidelidad? ¿Es el cibertonteo algo que tiene más que ver con la fantasía que con la deslealtad? Lo que parece claro es que internet está obligando a muchas parejas a revisar sus contratos de fidelidad incluyendo en algunos casos, cláusulas que contemplen dicho comportamiento de pareja.

Reflexionando sobre todo esto, me viene a la cabeza una frase de Simone de Behauvoir que dice que  “el secreto de la felicidad en el amor, no consiste tanto en que éste sea ciego, sino en saber cerrar los ojos de vez en cuando”

Nosotros como profesionales que investigamos las interacciones y relaciones entre las personas, no podemos cerrar los ojos o mirar hacia otro lado. Debemos incluir en nuestro campo de estudio los espacios digitales, las relaciones virtuales y las nuevas interacciones entre los sexos en la era digital.

*Sexólogo. Centro Sexológico Emaize.

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