Diferencia sexual y juego infantil

Diferencia sexual y juego infantil1

José Luis Beiztegui Ruiz de Erentxun*

El sexo no es el destino, pero es una buena probabilidad estadística”2

Con el objeto de disertar brevemente sobre este vivo, actual y sustancioso tema, a saber, las concomitancias y correlaciones que se dan entre el sexo y la elección y conducción del juego infantil, me propongo visitar tres estaciones ilustrativas para culminar en un punto final donde estableceré las conclusiones al respecto. En primer lugar, y como primera estación, seré crítico acerca de cierta mitología de la naturaleza humana que pretende seguir “poniendo todos los huevos” del ser y devenir humano en manos de la sociedad, la cultura, las expectativas sociales, la crianza, la educación y similares. Por otro lado, ya transitando por la segunda y tercera estación, haré referencia a diferencias sexuales evidentes y a fenomenología (s)experimental de amplio espectro que nos ilustrará sobre el sesgo sexual en casi todo, pero más en exclusiva en el área del juego infantil. Por último, como ya he advertido, inferiré de lo dicho unas cuantas conclusiones finales.

  1. La “tabla rasa” o la impostura ambientalista-consoladora

Impostura: “Fingimiento o engaño con apariencia de verdad”. Avanzado el siglo XXI, seguir sosteniendo ideas como las que mantenía el paleontólogo y biólogo evolucionista Stephen Jay Gould allá por los años 80 del pasado siglo, y que me sirve como imagen paradigmática de similares posicionamientos en una gran y mayoritaria constelación de psicólogos, sociólogos, filósofos y pensadores a lo largo de estos dos últimos siglos, me parece un dislate de enorme proporción. Lo resumo en una frase: “The human brain is capable of a full range of behaviors and predisposed to none”/”El cerebro humano es capaz de un rango completo de comportamientos y está predispuesto a ninguno” (Jay Gould) Estimo que decir “está predispuesto a ninguno” es seguir vagando en la quimera meliflua e idealista de que el humano es una “blank slate” (tabla rasa), como titulara el científico cognitivo y lingüista Steven Pinker su libro de 2003. Desconozco qué le pasaba al bueno de Stephen por su cabeza para proferir semejante desatino, pero la ausencia de matización y gradualidad en su aseveración se me torna aberrante y desproporcionada. Si hubiera dicho lo mismo, pero modificando de alguna manera su “extremismo adjetivo”, el resultante hubiera sido otro y a mi entender, estando menos o más de acuerdo, más acertado. Yo podría afirmar, llegado el caso y junto a un Jay Gould más prudente, algo así como: ”El cerebro humano es capaz de un rango completo de comportamientos y está predispuesto sólo a algunos/genuinamente a todos/incipientemente a muchosDe cualquier manera, ni Stephen dijo esto ni le tengo a mano para poder discutirlo. La cuestión es que, desgraciadamente, todavía hoy día gravitamos en una pesada atmósfera que avala, respalda y refuerza estas maximalistas posiciones sobre el cerebro humano como materia nívea e inmaculada, materia que sólo se “activará y moldeará” tras el nacimiento, influida por la aburrida letanía de siempre: educación, cultura, crianza, contexto vital y social, familia, etc. Es decir, antes de nacer no hubo nada. Al abrir los ojos al mundo, oh, llegará todo. Llegarán los tropismos y disposiciones, llegarán las topografías y cartografías, llegarán las aptitudes y los talentos y llegarán las suertes y las desgracias. Solamente aplicando el más primario y básico común sentido, al menos el mío, no dejan de alucinarme semejantes asertos. Nada de predisposiciones, nada de talentos, nada de instintos, nada de marcajes biológicos, nada de potencialidades y umbrales y, por supuesto, nada de sexo. Afirmo categóricamente que seguir manteniendo estas tesis con la ciencia cabalgando ya a lomos de la segunda década del siglo XXI, llovido lo llovido y andado lo andado, es un absoluto disparate. Es más, es una impostura y un embuste de tamaño sideral que sólo puede ser comprendido a la luz de la más desvergonzada ignorancia o la más rampante mala fe, ve tú a saber conducida por qué siniestros intereses.

Efectivamente, sí, no somos pizarras en blanco al nacer y por cuestiones de espacio y tiempo basta con apelar, amén de lo que posteriormente exponga, al buen sentido común de cualquiera que contemple la realidad con la serenidad y sensatez que merece. Con sólo abrir los ojos vale. Los documentos científicos de todo orden disciplinar que certifican y demuestran esto en diversas categorías son ubérrimos, innumerables y tercos. Estamos sometidos, pues, a innumerables “fuerzas” biológicas prenatales que recibimos como si fuéramos sacos de arena golpeados, sin ninguna capacidad de control y que moldean nuestros circuitos y nuestra mente de una manera intensa y organizadora. Deducir de esto que toda la ingente e intrincada realidad humana se pueda explicar a la sombra determinista de “formateos cerebrales innatos” es, obviamente, una estupidez y una majadería. Pero igual de falaz y estúpido es sostener lo contrario, esto es, que todo ha de explicarse bajo los condicionamientos ambientales, contextuales, experienciales o sociales que al individuo le circundan, es decir, bajo el yugo de una particular “tábula rasa”. Si alguien quiere con esto hacer política “ambientalista-consoladora”, con su pan se lo coma. Si alguien quiere manipularlo todo y argumentar que esto lleva directamente a la injusticia cósmica, peor para él. Y si a alguien le salen granos pensando en que en ciertas instancias no somos clones desde que nacemos, que vaya al dermatólogo. La realidad es la que es y el no querer verla es ignorancia y terquedad absurda.

  1. Diferencia sexual

Las diferencias entre ambos sexos no se limitan solo a aquellas que podemos reconocer a simple vista. La neurociencia muestra que hombres y mujeres no nacen como hojas en blanco, sino que la naturaleza crea dos sexos con cualidades cognitivas diferentes debido a que la composición química, la anatomía, el riego sanguíneo y el metabolismo de sendos cerebros son distintos” (Rubia, 2007).

Con la intención de ser sintético, obviando la necesidad de tener que introducirme en grandes nudos explicativos sexológicos que rebasarían ampliamente el objeto y finalidad de este artículo (procesos de sexuación de marcado carácter innato, agentes sexuantes implicados en el “formateo cerebral”, hitos organizativos cerebrales sexuantes, aspectos neurosexológicos varios, etc), describiré tan solo un listado de algunas plurales, claras e irrefutables diferencias sexuales de marcado carácter innato-neurológico (en todo caso, conjuntivas e intersexuales, pero no por ello menos sujetas a un “sesgo sexual” claro y evidente) He aquí unos cuantos ejemplos:

  • La conectividad entre ambos hemisferios es diferente en hombres y mujeres. En el cerebro femenino ambos hemisferios tienden a estar más conectados entre sí, lo cual permite una mayor facilidad para simultanear tareas y pensamientos. No es así en el caso del cerebro masculino, el cual no tiene tantas conexiones entre ambos hemisferios, por lo que se ve obligado a lateralizar más sus funciones dificultando así la realización de varias actividades al mismo tiempo. Sin embargo, esta mayor lateralidad del cerebro masculino permite a los hombres abstraerse cognitivamente cuando realizan una tarea concreta. A su vez, ellas muestran una mayor habilidad en el habla y el lenguaje, especialmente en la infancia, gracias a esa mayor conectividad entre hemisferios (Baron-Cohen, 2005).
  • Las niñas tienden a mostrar mayor precocidad en las habilidades lingüísticas frente a los niños. Esto ocurre debido a que el hemisferio izquierdo adquiere la madurez antes en las mujeres. A los seis meses de edad las niñas muestran ya más actividad eléctrica en este hemisferio que en el derecho al oír sonidos lingüísticos. A los veinte meses su vocabulario es el triple que el de los niños. Cuando empiezan a hablar, articulan mejor, elaboran frases más largas y complejas, con más calificativos, más plásticas y más fluidez. Las niñas añaden más detalles y calificativos, con descripciones más plásticas y expresivas cuando hablan o escriben. Se han realizado estudios que han comprobado que esta diferencia en la habilidad lingüística entre niños y niñas tiene lugar independientemente de la cultura o de la raza (Baron-Cohen, 2005; Calvo, 2009).

 

  • La habilidad espacial está unida a la testosterona. Por ello, en la pubertad los niños empiezan a destacar sobre las niñas en geometría o dibujo técnico.

 

  • Los chicos tienden a usar más el espacio cuando aprenden, especialmente en edades tempranas. Cuando se sientan juntos, el chico generalmente acaba invadiendo el espacio de la chica, pero no al revés. El movimiento ayuda a los chicos a controlar y estimular su cerebro. Su comportamiento inquieto esta generado por sus bajos niveles de serotonina y su mayor metabolismo. Las pausas, darles cosas que hacer o dejar que manipulen objetos en silencio, pueden ayudar a que su cerebro este estimulado sin que moleste. Generalmente las chicas no necesitan moverse mucho mientras aprenden. Los niños muestran más interés por explorar el espacio, mostrando incluso un comportamiento dominante del mismo invadiendo el espacio de los demás, especialmente de las chicas. La testosterona favorece el crecimiento muscular que impulsa a los niños a moverse. El movimiento ayuda a estimular el cerebro y liberar impulsos, por lo que los niños aprenden mientras se mueven. Debido a esta necesidad de movimiento los niños necesitan más descansos en la jornada escolar, donde se les permita moverse y así poder concentrarse.

  • Las investigaciones neurológicas han revelado que las chicas tienden a sufrir la

mayoría de las depresiones y los chicos se inclinan al consumo de drogas y alcohol. Estas diferencias se deberían a factores hormonales y neurológicos (Gurian, 2006). Los trastornos de alimentación están relacionados con la química hormonal y cerebral. Los chicos no experimentan un ciclo sexual, ni la presión de estrógenos y progesterona, ni tampoco los ciclos de serotonina y por tanto sufren menos trastornos de la alimentación. El cerebro femenino no sufre tantos problemas de atención debido a su énfasis en el desarrollo del hemisferio izquierdo y su mayor segregación de serotonina las hace menos proclives al trastorno de hiperactividad. “La anorexia nerviosa está vinculada al sexo femenino de manera rotunda: el 90-95% de las personas afectadas son mujeres de entre 12 y 25 años” (Rubia, 2007, p. 132).

  • Los chicos son más proclives al retraso mental y las discapacidades de aprendizaje que las chicas. En la dislexia, el número de chicos afectados es significativamente mayor” (Rubia, 2007, p. 172). Otro trastorno que afecta más a hombres que a mujeres es la tartamudez, donde el 75 por ciento de los casos diagnosticados son niños (Rubia,2007, p. 180).

  • El cerebro masculino tiende a lateralizar su actividad y por eso sufre más trastornos del aprendizaje, mientras que el cerebro femenino usa más corticales para las funciones del aprendizaje, por eso una zona complementa a otra si esta sufre un defecto, lo cual no pasa en el cerebro masculino por esa lateralización.

Muchos chicos serían diagnosticados de TDAH por no comprender el funcionamiento de su cerebro. Por cada cuatro niños que son diagnosticados de TDAH sólo lo es una niña, diferencia significativa que puede esconder las diferencias cerebrales y en el modo de aprender.

 

  • Uno de los ejemplos más impresionantes ligado al sexo es el del autismo: afecta diez veces más a chicos que a chicas, al menos en el síndrome de Asperger’ (Rubia, 2007, p. 173). Para Baron-Cohen, los trastornos del espectro autista y especialmente el Asperger, es consecuencia de un cerebro extremadamente masculino; es decir, de llevar al extremo absoluto las características que mayoritariamente tienen los hombres de sistematización combinado con una nula o casi nula existencia de empatía, característica femenina (Baron-Cohen, 2005, p. 152)

  • En relación a la vista, existen también algunas diferencias en la percepción visual entre niñas y niños. Mujeres y niñas cuentan con un mayor número de células cónicas y cilíndricas en la retina que los hombres, por lo que los fotorreceptores son capaces de detectar una gama más amplia de colores. Esta diferencia en el número de receptores es consecuencia del cromosoma X, encargado de suministrarlas, por lo que las mujeres al poseer dos X en su ADN tienen más de estas células. Las diferencias en la percepción visual afectan también al campo visual. El mayor número de células cónicas da a las mujeres una visión periférica más amplia, en algunos casos incluso de casi 180º. Los hombres, sin embargo, tienen una visión túnel, lo que les permite ver con precisión y claridad aquello que se encuentra delante de ellos aunque esté alejado, así como tener un mejor sentido de la perspectiva (Baron-Cohen, 2005).

  • Hombres y mujeres tienen también una diferente percepción del dolor y de la temperatura. Las mujeres tienen una sensibilidad táctil superior y reaccionan de forma más rápida y aguda al dolor; sin embargo su resistencia a largo plazo es mayor. En cuanto a la temperatura, las niñas suelen tener frio antes que los niños, cuyo sistema nervioso simpático predominante está preparado para reaccionar mejor ante el frío. (Sax, 2006, p.182)

 

Indocti discant et ament meminisse periti”. Podríamos seguir y seguir y no parar de seguir para seguir “continuando siguiendo”. Pero prosigamos hacia nuestro objetivo.

  1. Monos juguetones

No creo que hagan falta muchos más argumentos ni demostraciones para defender, digan lo que digan y pese a quien pese, el hecho cierto de que no somos en modo alguno “pizarras blancas” al nacer y que la “pintura sexual” sea quizá una de las más empecinadas en embadurnar y colorear los pasillos y paredes de nuestro cerebro mucho antes del instante mismo en el que vemos la primera luz. La última y más diminuta célula de nuestro organismo está indefectiblemente sexuada. Nada quita para que después, pasados los segundos, los días y años, ese “edificio” de infinita altura prosiga coloreando sus diferentes estancias “con sus propias reglas”, a su forma y a su modo, en virtud de otros agentes programadores y configuradores. En tan laberíntico y tortuoso proceso, lo “sociocultural” tendrá su peso y también podrá “pintar” ciertas estancias, pero bajo el estricto yugo y dictado de sus “instrucciones arquitectónico-biológicas”, sean estas las que sean para cada momento y función.

Entrando ya de lleno en los asuntos del juego infantil y la posible presencia de sexuadas predisposiciones ante el mismo, no nos queda otra que retrotraernos a datos y experimentación que pueda clarificar e irradiar algo de luz en las hipótesis iniciales que podamos mantener atendiendo a lo ya dicho y blandiendo el sesgo sexual como bastión y soporte. Para este cometido, voy a referirme a dos experimentos publicados en “Evolution and Human Behavior” y en “Hormones and behaviour”, en 2002 y 2008, respectivamente. El segundo, replicó e intentó contrastar y verificar los resultados del primero.

III.I. Experimento “Monos/as Verdes3 y juego” (Gerianne Alexander y Melissa Hines, Universidad de Texas y Londres, 2002)

Ante 44 monos “verdes” machos y 44 monos “verdes” hembras se presentaron: dos juguetes estereotípicamente masculinos (pelota-coche de policía), dos juguetes estereotípicamente femeninos (muñeca-olla de cocina) y dos juguetes neutros (libro ilustrado y perro de peluche) Se evaluó la preferencia de los monos por cada juguete registrando cuánto tiempo pasaron con cada uno. Los datos demostraron que los monos “verdes” macho expresaron un interés significativamente mayor en los juguetes estereotipados como masculinos y las monas “verdes” mostraron un interés significativamente mayor en los juguetes estereotipados como femeninos. Los dos sexos no difirieron en su preferencia por los juguetes neutrales.

El artículo de Alexander y Hines contiene una maravillosa imagen de un mono verde que realiza una inspección anogenital (examina el área genital de la muñeca en un intento de determinar si es masculina o femenina) y otro mono “verde” macho empujando el automóvil de policía de un lado a otro.

Nunca estos monos fueron “socializados” por los humanos y nunca antes habían visto estos juguetes en sus vidas. Sin embargo, no solo los monos “verdes” machos y hembras mostraban la misma preferencia sexual por los juguetes, sino que la forma en que jugaban con estos juguetes también era idéntica a la de los niños y niñas.

Según Melissa Hines, “la consecuencia del experimento es que lo que hace a un juguete más femenino y lo que hace a un juguete más masculino no son tan sólo los estereotipos sociales, sino más bien algo innato que atrae a niños y niñas hacia diferentes tipos de juguetes”

Gerianne Alexander, por su parte, cree que los hallazgos sugieren que hay ciertos aspectos de los objetos que atraen a los sexos específicos y que estos aspectos pueden estar relacionados con las funciones masculinas y femeninas tradicionales que se remontan a los albores de la especie. Los juguetes preferidos por los niños – la pelota y el coche – se describen como objetos con la capacidad de ser utilizados de forma activa y propulsarse a través del espacio. Aunque las razones específicas detrás de las preferencias de los monos aún no se han determinado, dice, podrían existir preferencias por estos objetos ya que ofrecen mayores oportunidades para el juego áspero y activo, algo característico del juego masculino. Los hombres, por lo tanto, pueden haber evolucionado en sus preferencias hacia los objetos que invitan al movimiento.

Así mismo, tal y como señala Dick Swaab, neurobiólogo en la Universidad de Amsterdam, en su libro “Somos nuestro cerebro”: “La diferencia sexual en la elección de los juguetes por parte de los monos demuestra que el mecanismo en el que se basa se remonta a decenas de millones de años en nuestra historia evolutiva. El pico de testosterona que se produce normalmente en los varones estando en el útero parece el responsable de las diferencias sexuales en el juego. Las niñas que en el seno materno producen demasiada testosterona a causa del mencionado trastorno de las glándulas suprarrenales, las HSC, muestran una inusual preferencia por jugar con niños varones, se sienten más atraídas por los juguetes masculinos y tienen un juego más impetuoso que el que se acostumbra a ver en las niñas”

III.II. Experimento “Monos/as Rhesus4 y juego” (Janice Hasett, Erin Siebert y Kim Wallen, Universidad de Emory, Atlanta, Georgia, USA, 2008)

Replicando el experimento anterior, Hasett, Siebert y Wallen investigaron las preferencias que mostraban 34 monos y monas macacos “Rhesus” jóvenes (de 1 a 4 años de edad) por juguetes estereotípicamente masculinos (vagón, camión y automóvil) y estereotípicamente femeninos (juguetes de peluche). La idea era comprobar si se darían los mismos resultados que los dados en el experimento de Alexander y Hines. Los resultados fueron similares, pero con matices en lo que a “plasticidad lúdica” se refiere. Los monos “Rhesus” macho claramente preferían jugar (pasaron bastante más tiempo) con los juguetes estereotipados como masculinos (vagón, automóvil y camión) y las monas “Rhesus” prefirieron interactuar con los juguetes estereotípicamente femeninos (ositos y muñecos de peluche), pero con la salvedad de que la diferencia en la preferencia de estas últimas por los juguetes femeninos no fue estadísticamente tan significativa ni contundente.

  1. Conclusiones

IV.I. La pizarra viene escrita

Existen claros agentes (celulares, genéticos, hormonales, neurológicos, etc) que configuran y conforman el soporte básico de lo que cada uno será, sosteniendo la topografía básica de cada individuo humano, por cierto, indefectiblemente sexuado, o sea, indubitadamente “tocado”, “grabado” y “formateado”. La diversidad, la pluralidad, la diferencia y la policromía no son, pues, la excepción, sino la pertinaz regla en la instrucción biológica de nuestra especie, tanto desde una perspectiva filogenética como ontogenética. Cientos de procesos bioquímicos “hierven” detrás de las cortinas esculpiendo y moldeando cada una de las naturalezas que luego serán biografías sexuadas, removidas a sí mismo por otros factores sexuantes que también generarán tropismos “formateantes” en una danza circular única, quiasmática e inextricable. Negar que venimos al mundo con esquemas previos, estructuras, instintos, umbrales de potencialidad, sesgos sexuales diferenciadores y diversificadores, es negar una evidencia y, por tanto, es ser heraldos de una impostura. Mantener la impostura permaneciendo ciegos a la evidencia es para hacérselo mirar. Por tanto, como mínimo, la pizarra viene ya parcialmente escrita. Es un hecho. No hace falta celebrarlo. Tan sólo observarlo y anotarlo. Y seguir el camino, libres de polvo y paja.

IV.II. El sesgo sexual es un hecho

Hecho constatable y constatado. Incontestable y apodíctico. El cerebro se masculiniza o se feminiza, ambas a la vez y en mayor o menor medida, a partir de multitud de complejos procesos sexuantes tanto de orden innato como postnato. El sexo es bioquímica, neurobiología, genética, embriología y endocrinología. El sexo es, por tanto, testosterona, androstendiona, estradiol, aromatasa, colesterol, estrógeno, hidrocarburos policíclicos, oxitocina, dopamina, cromosomas, etc. Y el sexo es también crianza, modelaje experiencial, biografía parlante. También cultivo, cultura, contexto, moral social, religión, aprendizaje, ambiente, interacciones infinitas que nos hacen seres sexuados únicos e irrepetibles. La disciplina que ha de estudiar semejante “circuito de baile” y sus totalidades emergentes es la Sexología, dama y señora nuestra. Que, verbigracia, los cerebros hipertestosteronizados (hipermasculinizados) jueguen irremediablemente al mus con el autismo y síndromes asociados no es una mera coincidencia. No es azar, no es baladí, no lo procura la ciencia infusa. Que de cada diez humanos autistas lo sean niños un 85%, tampoco.

IV.III. Del juego infantil y sus asuntos

Observemos cualquier casa, patio o parque y contemplemos cómo juegan “al mundo” grupos de niños y de niñas de dos, tres, cuatro, seis, ocho, diez o doce años, qué más da. Cuáles son sus movimientos, cuáles sus conversaciones, cuáles sus “diálogos” con los objetos, cuáles los mundos simbólicos que afloran en cada interacción lúdico-recreativa. Digo, y digo bien, cómo juegan “”al mundo” y no “a qué juegan del mundo” Nuestros monos y monas, ya casi estrellas rutilantes, no tenían idea alguna de estereotipos ni de lo que es una muñeca, un coche o un vagón con ruedas. Por consiguiente, la elección preferente del objeto no se debió a ninguna significación connotada cultural o ambientalmente. En este sentido, da igual una muñeca o una caja vacía de paracetamol. No se prefieren los juguetes en cuanto tal, en cuanto a los códigos simbólicos inherentes a ellos mismos, sino que son los preferidos en cuanto a las posibilidades interactivas y dialógicas que emergen de ellos y de sus características propias. El vagón con ruedas, el coche y el camión posibilitan en mayor medida una actividad relacional en movimiento, activa, física, sin límites espaciales. La muñeca o los peluches no posibilitan “per se” este tipo de interacción y por tanto son desdeñadas por los monos machos. Pongamos ruedas a la muñeca y los resultados del estudio se habrían modificado completamente. Con ruedas o sin ruedas, las monas tienen un “programa interno” diferente al de los monos. Ellas jugarán de un determinado modo y ellos de otro. Por cierto, parece ser que las monas eran algo más “plásticas” a la hora de seleccionar sus juguetes y jugar con ellos (no se cuenta su modo concreto de interaccionar con el objeto) Un dato más que apoya la versatilidad y plasticidad de lo femenino en casi todo. Monas, niñas y mujeres, también algunos hombres, repelen lo rígido. Monos, niños y hombres, también algunas mujeres, se agarran a un clavo, aunque esté ardiendo.

En cualquier caso, no hay problema. Es fácil. Désele a cualquier niño humano las muñecas que se quieran como regalo de Olentzero o Reyes. Désele también a cualquier niña los camiones, tanques o espadas que se precisen. Será estupendo. Cada niño y niña jugará como le dé la gana, dirigido tan sólo por su “programa interno de juego” y relación con el mundo. Más hacia allí o más hacia acá, pero eso es lo que hará. Despertemos de una vez y dejemos a las niñas y a los niños en paz. Poner puertas “doctrinales” al campo es un error mayúsculo. Que jueguen a lo que y como les plazca. Que pidan en su carta lo que se les ponga donde tú y yo sabemos. Cabe todo. Niño con muñeca y niña con espadón, niño disfrazado de “drag queen” y niña camionera conductora de tráiler. Pero también cabe, cómo no, niña mesando los cabellos de su muñeca y niño despendolado con su coche de policía capturando a “malos” Cada uno expresará lo que es y siente y educar a través del juego tan sólo es eso: posibilitar que cada niño y niña sea lo que quiera ser y se relacione con sus juguetes como sólo él sabe, siente y quiere.

De tanto fijarnos en el dedo hemos terminado olvidando que allí, adelante, arriba, hay una estrella fija de un fulgor cegador.

 

*Sexólogo y Psicólogo

 

 

1 José Luis Beiztegui Ruiz de Erentxun. Sexólogo. Psicólogo. Centro de Atención a la Pareja “Biko Arloak” (Bilbao) Miembro de la AEPS.

2 La cita original corresponde al antropólogo canadiense Lionel Tiger y reza así: “La biología no es el destino, pero es una buena probabilidad estadística”

3 Mono de la especie “Chlorocebus sabaeus”, de la familia Cercopithecidae, con pelaje de color dorado verdoso. Como curiosa particularidad, a los machos les adorna un escroto de color azul pálido.

4 Mono de la especie “Macaca mulata”, de la familia Cercopithecidae, típico, común desde Afganistan al norte de la India y China meridional. Como curiosidad, el factor “Rh” del grupo sanguíneo toma su nombre de este macaco, siendo en este animal donde se identificó este factor por primera vez. Humanos y Rhesus comparten cerca del 93% de ADN y un ancestro común 25 millones de años atrás.

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