EDUCACIÓN SEXUAL EN CENTROS DE MENORES

Inma Martínez Cerrillo*

El sexo como valor[i]

El sexo, la sexualidad o las relaciones eróticas, son temas que habitualmente preocupan a profesionales que trabajan con jóvenes. Más aún, cuando estos y estas jóvenes pueden estar atravesando experiencias biográficamente significativas.

Durante mucho tiempo, la educación sexual ha sido abordada atendiendo a las distintas preocupaciones que cada sociedad, en un momento histórico determinado, mostraba como prioritarias: embarazos no planificados, riesgo de infecciones, abusos, relaciones asimétricas, etc. Trasladando a la población general y, especialmente, a la infancia y juventud una idea de “sexo” negativa, identificada con los peligros y riesgos que se asocian a determinados gestos o prácticas, y, por tanto, una idea, un valor, muy poco cultivable.

De antiguas concepciones que asociaban “lo sexual” al pecado o al vicio se ha pasado a otras que lo asocian con enfermedad o peligros. ¿Dónde queda, entonces, la posibilidad de entender el sexo como un valor? ¿Qué promocionamos cuando lo entendemos desde este modelo de riesgos?

Si el sexo es un valor, es, por tanto, cultivable, y fértil. Algo difícil cuando no se sabe bien qué sembrar antes…  Por esto, la educación sexual es importante en todas las etapas de la vida, no únicamente en la “temida” adolescencia, pues hasta llegar a ella se han ido construyendo las ideas sobre lo que es y no es el sexo, o, mejor dicho, el hecho de los sexos.

Oportunidades pedagógicas

¿Cómo hacer educación sexual en centros de menores? En los centros de protección conviven jóvenes con historias de vida sensibles, cada una diferente, y, habitualmente, marcadas por determinados “accidentes biográficos”[ii]. Estos pueden hacer que chicos y chicas se encuentren en la necesidad de demostrar su valía, algo que harán desde la idea que sobre lo masculino y lo femenino han desarrollado.

Los equipos de profesionales tienen una excelente oportunidad pedagógica en torno al hecho de los sexos, es decir, al hecho de que nos vamos construyendo como los hombres y las mujeres, los chicos y las chicas, que vamos siendo, cada uno y cada una, de su peculiar manera, con su estilo personal. Superar los modelos normativos, construidos desde el dimorfismo sexual, posibilitará que chicos y chicas aprendan a expresarse, aceptarse y relacionarse en coherencia con sus historias de vida, sus posibilidades y sus capacidades.

El uso instrumental de la seducción, salir con “el chico malo”, intentar disociar los afectos de las interacciones eróticas, acumular experiencias para afirmarse en la masculinidad o feminidad, son situaciones que muestran claramente una concepción limitante del ser chico y del ser chica. Hacer para demostrar que se es. El equipo de profesionales que trabaja en centros de protección tiene la posibilidad, a partir del trabajo desde lo cotidiano y lo convivencial, de ofrecer nuevos marcos de comprensión a los y las jóvenes residentes, modelos más amplios y flexibles, donde tengan cabida la infinidad de modos de ser y expresarse. En definitiva, que posibiliten entenderse desde sus propios referentes. Y, quizá, recogiendo las palabras de Samuel Díez, puestos a esperar algo de ellos y ellas, a realizar valoraciones sobre quiénes son, o quiénes podrían haber sido comprenderles como “lo mejor que han podido ser con la biografía que han tenido”[iii].

Entre lo privado y lo público

Si la esfera de la vida pública es el espacio del “deber ser”, la esfera de lo privado y, sobre todo, lo íntimo, es el lugar donde “poder ser”. Y donde eligen qué y con quién compartir.

La intervención en centros de acogida se inscribe en el terreno de lo privado, pero con muchos añadidos de lo público. Aunque son espacios de convivencia estable, hogares para quienes residen en ellos, no pueden gestionarse sin un régimen normativo más explícito y ordenado que el que puede acordarse en otras unidades convivenciales.

En este marco, en ocasiones, lo privado se confunde con lo público y lo íntimo tiene poco espacio donde poder expresarse. ¿Cómo encontrar el lugar donde “poder ser” más allá del “deber ser”?

Es, de nuevo, en las pequeñas interacciones cotidianas donde chicos y chicas pueden mostrarse con quien elijan hacerlo. No siempre los y las profesionales tendremos la ocasión de estar, no siempre seremos su elección, pero sí podemos, cuando estemos, propiciar esos contextos amables de expresión de los distintos modos de ser (sexuados). Todos válidos y todos valiosos.

*Insex. Iniciativa Sexológica y Acción Social.

Sexóloga y psicóloga social.

Directora ejecutiva y docente de la I Edición online del Título Experto en Sexología aplicada a la intervención social y educativa.


[i] Quienes nos hemos formado en Incisex, hemos “copiado” esta expresión habitual de Efigenio Amezúa, casi como un mantra, haciéndola propia, sirva este epígrafe como reconocimiento y como reafirmación del valor de ser sexuados.

[ii] Esta acertada expresión se ha tomado del texto de Efigenio Amezúa (2007): Educación sexual: las dificultades añadidas (en Franco, M.A., ET AL., Sexualidad y mujer con discapacidad. Contribuciones, guías y buenas prácticas. Proyecto SWOD. Bruselas, Unión Europea. pp. 6-15): “De una u otra forma, todos tenemos carencias y buscamos compensaciones. Todos somos indigentes en algo. Todos contamos con accidentes diversos en nuestra biografía.”

[iii] Díez Arrese, S. y Herranz, A. (2015). Apuntes para la intervención sexológica I. Incisex, documentación de uso interno.

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